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Capítulo 591:
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Alexia se vio tomada por sorpresa ante la inesperada respuesta de Waylon.
Sus palabras sinceras y directas la dejaron sin habla, momentáneamente paralizada por la sorpresa.
Al darse cuenta de su expresión atónita, Waylon añadió: «Podemos explorar nuevos caminos juntos, si me permites quedarme a tu lado».
Al terminar de hablar, Alexia sintió una punzada de remordimiento por su comportamiento impulsivo de antes. «¿Fui demasiado dura cuando te grité antes?».
Waylon negó con la cabeza suavemente. «En absoluto. Es bueno dar rienda suelta a tus emociones. Pero no vengas aquí a tomar copas con otros chicos».
Alexia asintió levemente con la cabeza y luego deslizó los brazos alrededor de sus hombros, apoyando suavemente la cara contra su pecho. «Llévame a casa».
Waylon la envolvió en un cálido abrazo, con una suave sonrisa dibujándose en los labios. «¿Ya no estás enfadada?».
Alexia levantó la cabeza, hizo una pausa antes de responder con un brillo pícaro en los ojos: «Quizá un poco. Depende de cómo me lo compenses».
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En los días siguientes, Waylon se llevó a Alexia de vacaciones.
Recorrió la costa en un elegante Ferrari descapotable, persiguiendo la puesta de sol sobre el océano. Alexia, sentada a su lado, extendió los brazos para sentir la brisa salada, con el ánimo renovado por las impresionantes vistas.
«¡Esto es impresionante!».
El viento rugió y Waylon se inclinó hacia ella. «¿Qué has dicho?».
Al mirarlo —con las gafas de sol enmarcando su aspecto naturalmente apuesto—, Alexia se echó a reír. «¡He dicho que eres ridículamente guapo!».
Waylon esbozó una sonrisa, con un encanto capaz de hacer que los corazones se aceleraran. «Tienes un gusto excelente».
«¡Narcisista!», le respondió ella en tono burlón.
Bromeaban juguetonamente, corriendo hacia el horizonte hasta llegar a la orilla. Para entonces, el sol se había suavizado, un orbe resplandeciente de oro fundido y carmesí que se hundía lentamente en el mar.
Su intensidad ardiente se había desvanecido, dejando tras de sí una vívida paleta de colores salpicados por el cielo como una obra maestra. El horizonte resplandecía con naranjas y morados ardientes, que se desvanecían en delicados rosas y se fundían con el azul sereno de arriba.
El océano reflejaba la grandeza del cielo, con sus olas brillando como oro líquido.
«Es tan bonito…» Alexia y Waylon paseaban por la playa de arena, hipnotizados por la belleza de la puesta de sol. «Es la puesta de sol más bonita que he visto nunca».
Aquel día, Alexia llevaba un delicado vestido de malla, con capas de encaje para protegerse del sol. Mientras la luz dorada los bañaba y la brisa marina bailaba a su alrededor, un fotógrafo que se encontraba cerca no pudo resistirse a capturar la escena. Levantó su cámara y inmortalizó a la pareja en ese instante.
Una ráfaga de viento tiró del encaje de Alexia, levantándolo parcialmente. Waylon extendió la mano para arreglárselo, pero, en lugar de eso, se lo colocó juguetonamente sobre la cabeza. El encaje blanco se hinchó como un velo hecho a medida, confiriéndole un brillo encantador, casi nupcial, al compás del viento.
Alexia soltó una risita. «¿Qué estás tramando?».
Waylon no respondió, con los ojos brillando con una calidez tácita. A través del encaje, le dio un tierno beso en la frente.
El fotógrafo capturó el momento, maravillándose en silencio de lo perfectamente compenetrados que parecían, con sus siluetas resplandecientes contra la puesta de sol.
Al oír el obturador, Waylon se acercó al fotógrafo, quien se apresuró a darle una explicación. Pero cuando Waylon vio las fotos, quedó impresionado por su belleza y contrató al fotógrafo allí mismo para que capturara más momentos a lo largo de la playa.
El encanto natural de la pareja hizo que cada fotograma resultara natural, y cada toma se convirtió en una obra de arte. El fotógrafo, devidamente cautivado por el momento, incluso les sugirió que posaran para una revista, pero ellos lo rechazaron educadamente.
Alexia se rió y explicó que sus profesiones no les permitían aparecer en público, lo que dejó al fotógrafo decepcionado, aunque comprensivo.
Cuando le entregaron los negativos, el rostro de Alexia se iluminó. Consideraba cada imagen como un recuerdo preciado y pensaba imprimirlas y enmarcarlas una vez en casa. Eligió una de sus favoritas para ponerla como fondo de pantalla de su móvil y, con un codazo juguetón, insistió en que Waylon hiciera lo mismo.
Aunque le parecía un poco cursi, a Alexia le encantaba compartir esos momentos desenfadados con él, saboreando su conexión.
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