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Capítulo 547:
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Tras recuperar la memoria, Alexia llamó a Bella. Quedó con ella y le puso en la mano un pequeño frasco de medicina.
La gratitud se reflejó en los ojos de Bella. «Muchísimas gracias, señora Jenkins. »
Alexia esbozó una sonrisa amable. «No tienes por qué darme las gracias. Solo prométeme que tendrás a un médico cerca cuando te lo tomes».
Bella asintió con la cabeza, con voz suave. «Lo haré».
Apoyando la barbilla en la mano, Alexia observó a Bella durante un momento, fijándose en cómo aquellos ojos verdes parecían reflejar la luz.
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«¿Sabes? Cuando nos conocimos, pensé que te parecías a alguien que conocía».
Bella se animó, y la curiosidad se reflejó en su expresión. «¿En serio? ¿A quién te recordaba?».
Hubo una pausa pensativa antes de que Alexia respondiera: «Se llama Kyra. No la conozco bien, pero tiene un talento increíble».
El nombre le sonó a Bella. «Kyra… Me da la sensación de que lo he oído antes».
La conversación se prolongó un poco más antes de que Bella se levantara para volver a casa. Al entrar, se encontró a Elton sentado en el sofá del salón. El mayordomo estaba de pie frente a él, nervioso, con la cabeza gacha y las manos temblorosas, como si se enfrentara a un juez.
«Lo siento, señor. Metí la pata. Pensé que la señorita Coleman necesitaba un poco de compañía, así que la dejé salir un rato sin decírselo a usted. «
«Newell, recuérdame: ¿cuánto tiempo llevas trabajando para mí?», preguntó Elton.
La respuesta de Newell fue poco más que un susurro. «Un año, señor».
A Elton se le escapó una risa repentina, pero no había nada de cálido en ella. La frialdad de su sonrisa hizo que un escalofrío recorriera la habitación.
» «Un año», repitió, con voz teñida de burla. «¿Eso es todo lo que te ha hecho falta para empezar a tomar decisiones por tu cuenta?»
El terror se apoderó de él. El mayordomo cayó de rodillas, con gotas de sudor salpicándole la frente. «Señor Clark, por favor. ¡Le juro que no era mi intención hacer ningún daño!»
Antes de que Elton pudiera decir nada más, Bella se interpuso rápidamente para protegerlo.
«No es culpa suya. Yo le pedí salir. Solo fui a ver a la señorita Jenkins».
Newell le dirigió una mirada de agradecimiento, silenciosamente aliviado.
Elton mantuvo la mirada fija en Bella durante unos tensos instantes y, finalmente, se dirigió al mayordomo. «Puedes irte».
Sin perder tiempo, Newell salió apresuradamente de la habitación.
La tensión se disipó cuando Elton volvió a dirigirse a Bella, ahora con un tono más suave. «¿Por qué no me dijiste que ibas a salir?»
Las palabras de Bella salieron a trompicones mientras susurraba: «No me acordé». Últimamente había estado tan absorta en otras cosas que se le había olvidado.
Elton esbozó una sonrisa torcida. «Así que simplemente te olvidaste, ¿eh? ¿Por qué no me dices qué tipo de castigo crees que te mereces?» Bella solo pudo quedarse mirándolo, tomada por sorpresa por su pregunta.
Intuyendo su nerviosismo, le hizo un gesto. «Ven aquí».
Sin protestar, Bella se acercó y se arrodilló a sus pies.
Elton extendió la mano y le levantó la barbilla, con la mirada penetrante pero amable. «Hoy he comprado unos juguetes nuevos. ¿Te apetece probar algo nuevo conmigo?».
Bella dudó solo un segundo y luego asintió. «De acuerdo».
Él siempre se aseguraba de que ella recordara quién mandaba.
Nadie podía negar que Elton sabía cómo tomar el control en el dormitorio, y tenía la costumbre de convertir cada lección en algo que ella nunca olvidaría. Los días en que Elton estaba de mal humor, ella lo notaba: cera caliente le goteaba por la columna vertebral, dibujando salvajes patrones rojos que le escocían y perduraban.
Pero esta noche se respiraba una tensión diferente en el ambiente.
Dentro de la habitación, Bella llevaba un antifaz negro que le impedía ver el más mínimo rasgo del rostro de Elton. Su piel desnuda se erizaba con el aire frío, con cada nervio a flor de piel.
Con las muñecas atadas a la espalda, llamó con voz temblorosa: «Amo…».
No hubo respuesta.
Un escalofrío se apoderó de ella. Incluso después de todo lo que Elton le había hecho en aquella habitación, él siempre reaccionaba, ya fuera con dolor o con placer. Ahora, no había nada. Ni una palabra, ni siquiera un sonido. Era como si se hubiera convertido en una prisionera, obligada a presentarse ante el juicio, agobiada por la culpa y la vergüenza.
Lo intentó de nuevo, con una voz apenas por encima de un susurro. «¿Amo?»
Podía oírlo moverse, pero se mantenía alejado. En cambio, sus pasos lo llevaron directamente hacia la puerta.
Un instante después, la puerta se abrió de par en par.
El miedo de Bella se disparó. «¡No! ¡Lo siento! ¡Por favor, no te vayas!»
El pánico la dejó paralizada. La idea de que la dejara atrás, despojada hasta de la última pizca de orgullo, la aterrorizaba. Su llanto silencioso llenó el silencio y, por fin, él cerró la puerta y se volvió hacia ella.
Elton le secó las lágrimas con un beso suave. «Llorar no resolverá nada la próxima vez. ¿Lo entiendes?».
Ella asintió levemente, obediente.
Él le dio un beso en los labios, con aire satisfecho. «Ni se te ocurra escapar de mí. No importa dónde te escondas, iré a por ti. Siempre serás mía».
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