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Capítulo 468:
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A Alexia siempre le resultaba incómodo lidiar con la sincera amabilidad de los demás. Le costaba responder con elegancia y solo conseguía un simple «gracias», pero le preocupaba que sonara demasiado seco y que, tal vez, los demás se sintieran poco valorados.
Afortunadamente, Lucille fue comprensiva y no se ofendió.
Cuando Alexia y Waylon entraron en el salón, un gato siamés se acercó perezosamente hacia ella. Le dio unas vueltas alrededor de las piernas, como si percibiera un olor familiar, y luego le rozó afectuosamente los pantalones con el hocico.
El rostro de Alexia se iluminó al verlo. Se agachó, cogió al gato en brazos y le rascó suavemente la barbilla, lo que le arrancó un ronroneo de satisfacción. Waylon se arrodilló a su lado, acariciando al gato mientras decía: «Siempre te ha tenido mucho cariño».
Alexia, absorta en acariciar al gato, preguntó con naturalidad: «¿Cómo se llama?».
«Sweetie», respondió Waylon con tono tranquilo.
Alexia se detuvo, desconcertada. Se volvió hacia él, con un destello de sorpresa en los ojos.
«Tú le pusiste el nombre», añadió Waylon, con tono tranquilo.
«Ah, claro», dijo Alexia, al darse cuenta.
Pronto llegó la hora de comer. Lucille había preparado una variedad de platos que a Alexia le encantaban, y Waylon tenía curiosidad por ver si sus gustos habían cambiado tras perder la memoria. Al final, no había cambiado ni un ápice.
Tras tantos días de insípidas comidas de hospital, Alexia saboreó los sabores picantes, y su ánimo mejoraba con cada bocado.
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Después de la comida, sonó el teléfono de Waylon, lo que le obligó a ausentarse por motivos de trabajo.
Alexia sintió una punzada de renuencia mientras él se preparaba para marcharse.
Desde que había despertado, su nombre se había grabado de forma extraña en su mente casi vacía, haciéndola hiperconsciente de cada uno de sus movimientos.
En este mundo desconocido, Waylon era el único punto de referencia que le resultaba vagamente familiar. ¿Era eso cierto?
Mientras Alexia se enredaba en sus pensamientos, Waylon tomó la palabra. «No te preocupes, volveré pronto».
«Vale. Te esperaré».
Las palabras se le escaparon antes de que pudiera detenerlas, y al instante se arrepintió, mordiéndose la lengua.
¿Qué estaba diciendo? Eso sonaba como si fueran pareja.
Waylon se quedó paralizado por un momento, pillado por sorpresa. Desde que había perdido la memoria, la inocencia y la vulnerabilidad de Alexia tenían un encanto desarmante, lo que le despertaba las ganas de bromear con ella. Y no pudo resistirse.
Se volvió y se acercó con una intensidad silenciosa.
Su carisma natural tenía un toque sutilmente desafiante, y Alexia, nerviosa, retrocedió instintivamente. Las piernas le fallaron y se dejó caer en el sofá. Sintió que se sonrojaba de vergüenza.
Al incorporarse, apenas tuvo tiempo de recomponerse cuando Waylon se inclinó hacia ella, con una sonrisa tranquila y desarmante. «¿Por qué me esperas?».
Alexia titubeó, sin saber muy bien a qué se refería, y se retractó rápidamente. «Eh, ¿quizá entonces no lo haga?».
La expresión de Waylon se tensó, con un atisbo de irritación. «No, eso no es una opción».
Estaban tan cerca que sus respiraciones se entremezclaban, y esa intimidad hizo que a Alexia le ardieran las mejillas. Ella le puso una mano en el pecho, con voz tensa. «Estás demasiado cerca».
Para Waylon, su gesto fue como el zarpazo juguetón de un gatito: bonito, inofensivo y que solo despertaba más afecto.
Él soltó una suave risita, y su voz profunda y magnética le hizo sonrojar las orejas. Conteniéndose para no seguir bromeando con ella, sobre todo porque acababa de salir del hospital, Waylon dio un paso atrás como un caballero.
«Me alegro de que estés dispuesta a esperarme. Volveré pronto».
Después de que se marchara, Alexia se sentó en el sofá, aferrándose a un cojín, con la mente en blanco. Los humanos eran unas auténticas contradicciones. Cuando él estaba cerca, su corazón se aceleraba por los nervios; cuando se iba, sentía el dolor de su ausencia.
Mientras tanto, Waylon llegó a la base de la Alianza Black Hawk en Afoross y se dirigió a la cárcel.
A Vinson, ahora lisiado y paralizado, le habían proporcionado una silla de ruedas para el interrogatorio.
Pero al ver la cara de satisfacción de Vinson, Waylon pensó en arrancarle la silla de un tirón y dejarlo tirado en el suelo.
Fuera de la sala de interrogatorios, Simon le informó: «Señor Mason, este tipo ha recibido entrenamiento profesional. Es un hueso duro de roer».
Waylon esbozó una sonrisa burlona. Para él, no había sospechosos indomables, solo métodos de interrogatorio que no se habían llevado lo suficientemente lejos.
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