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Capítulo 457:
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En el momento en que Roger recibió la garantía de Vinson, se le quitó un peso de encima.
Vinson había llegado a la isla antes de lo previsto y, tras reunirse con Roger, le llevó a visitar la base.
El bastión de la Organización Styx se extendía por toda la isla: vasto, oculto y equipado con tecnología de vanguardia.
Los fríos pasillos metálicos resonaban con el zumbido mecánico de la maquinaria. La sala de mando central palpitaba con la luz de los monitores circulares, que parpadeaba sobre los rostros inexpresivos de sus operadores.
Afuera, en los campos de entrenamiento, los mercenarios se movían con una sincronía inquietante. Un silencio denso envolvía la zona —tenso, opresivo— como la calma antes de la tormenta.
El aire mismo se sentía cargado de tensión, como si toda la instalación fuera un barril de pólvora, preparado y a la espera de una sola chispa.
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Roger no podía quitarse de encima una creciente inquietud. Redujo el paso y se volvió hacia Vinson. «¿Por qué habría la Styx establecido una base militar en esta isla? Creía que os dedicabais a la investigación».
La respuesta de Vinson fue tranquila, casi ensayada. «La investigación sin defensa es como desangrarse en aguas infestadas de tiburones: solo atrae a los depredadores. Además, deberías estar agradecido de que estemos equipados para la batalla. Tú trajiste a Alexia aquí. Eso significa que Waylon está al caer. Y cuando lo haga, el enfrentamiento será inevitable».
Roger entrecerró los ojos. La compostura de Vinson no hizo más que aumentar sus sospechas. «Así que ya lo tienes todo preparado, ¿verdad?»
Vinson esbozó una sonrisa lenta y segura. «¿Me habría atrevido a prometerte ayuda si no fuera así?»
«Es que me sorprende que llegues al punto de ponerte en contra de Waylon». Roger frunció el ceño. «Suponía que evitarías un conflicto abierto con él».
Vinson posó una mano sobre el hombro de Roger. «Eres nuestro socio. Y el Styx siempre respalda plenamente a sus socios».
«Casi suena demasiado bien para ser verdad. ¿Estás seguro de que no haces esto porque tienes tu propia cuenta pendiente con él?», preguntó Roger. «¿Soy solo un cebo?».
Vinson se detuvo y se volvió hacia él con una expresión neutra, casi agradable. «Seamos sinceros. ¿No es esto una situación en la que todos salimos ganando? En realidad no quieres que Waylon sobreviva, ¿verdad? Mientras él siga vivo, no solo volver con la familia Gibson…»
«…seguirá siendo imposible, sino que ni siquiera borrar los recuerdos de Alexia podría ser suficiente para alejarla de él».
Esas palabras le tocaron la fibra sensible. Roger bajó la mirada, con un destello de ira en los ojos. «¡Si Alexia realmente lo olvidara todo, nunca lo elegiría a él!». Lo recordaba claramente: en su juventud, ella lo había elegido a él. Por aquel entonces, en asuntos del corazón, nunca había perdido frente a Waylon.
Vinson arqueó una ceja ante el arrebato, pero no hizo ningún comentario.
Roger respiró hondo lentamente, tratando de recomponerse. «Lo siento. Me he dejado llevar».
«Lo entiendo», dijo Vinson asintiendo con la cabeza. «El amor tiene una forma de llevar a la gente al límite».
Roger cambió de tema. «Bueno… ¿cuánto tiempo llevará borrar sus recuerdos?».
La voz de Vinson se volvió fría y profesional. «En cuanto se despierte, le haremos una evaluación completa. Si todo está en orden, comenzaremos el tratamiento. Si hay algo que quieras decirle… díselo ahora, mientras aún te recuerda».
Cuando Alexia se despertó, el mundo que la rodeaba le resultaba desconocido. Parpadeó ante la luz tenue, con la confusión nublándole los pensamientos. ¿Dónde estaba? Se incorporó lentamente y se llevó una mano a la frente. Una oleada de agotamiento la invadió: sentía las extremidades pesadas como el plomo y la mente nublada. Reconoció al instante esa sensación: los efectos persistentes de la sedación forzada.
«Está despierta».
La voz atravesó el silencio como una navaja. La mirada de Alexia se dirigió de inmediato hacia el origen y se topó con varias figuras sentadas frente a ella, observándola, estudiándola. La intensidad de sus miradas le provocó un escalofrío que le recorrió la espalda. Todos llevaban batas blancas de laboratorio. Una inquietante sensación de pavor floreció en su pecho. «¿Quiénes sois?», exigió saber.
Philip no respondió. Se puso de pie, y los demás hicieron lo mismo, acercándose hasta rodear su cama. Sus expresiones eran clínicas, frías. El tipo de mirada que los científicos dirigen a un espécimen.
Los ojos de Philip ardían con un interés inquietante. «Así que eres la hija de Eve».
Alguien a su lado murmuró con admiración: «Es impresionante. No me extraña que sus genes fueran calificados de “perfectos”. Es prácticamente una obra maestra».
Otro añadió con un toque de desdén: «De verdad se parece a Eve. Pero de tal madre, tal hija: nacida para sembrar el caos».
Sus voces se difuminaron en un ruido de fondo, y cada palabra le oprimía el pecho. Alexia luchaba por respirar. El pánico le desgarraba las entrañas.
Entonces se abrió la puerta. Roger entró. Y, al instante, la habitación quedó en silencio.
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