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Capítulo 441:
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Jarred decidió desviar la conversación hacia otro tema. «No sigamos insistiendo en eso. No te he invitado a tomar una copa sin más. Hay cosas que quiero que tengas».
Alexia preguntó: «¿Regalos de bienvenida?».
Su expresión se volvió nerviosa mientras negaba con la cabeza. «Es algo así, pero no del todo. La verdad es que estos regalos llevan mucho tiempo esperándote. Tu madre y yo solíamos soñar con tener un hijo juntos, así que…». Hizo una pausa y sacó una pequeña llave.
«Sigue un poco más adelante y verás una puerta de vidriera. Esta llave la abre. Tus regalos están dentro. Espero que te gusten cuando los veas por ti misma. Yo no voy a entrar. Te esperaré aquí».
Alexia aceptó la llave, intrigada por el misterio de Jarred, pero sin sentir ninguna sospecha. «Vale, iré a echar un vistazo».
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Al poco rato se encontró frente a la puerta de vitrales. Introdujo la llave en la cerradura, la giró, empujó la puerta para abrirla y se detuvo atónita.
Ante ella se extendía un dormitorio de niña con un diseño precioso.
Las paredes estaban pintadas de rosa y blanco, y cada panel estaba decorado con delicados motivos. Una lámpara de araña de cristal brillaba en lo alto, la luz del sol se colaba a través de las cortinas de encaje y se extendía sobre una cama de princesa cubierta con ropa de cama rosa. Todo el espacio transmitía calidez y acogimiento.
Las cajas de regalo estaban colocadas ordenadamente sobre la alfombra, debajo de la cama; cada una envuelta con una cinta y marcada con una etiqueta especial.
Casi aturdida, Alexia se dirigió a la caja más cercana; le temblaban los dedos al coger la etiqueta.
«Para nuestra hija que pronto nacerá, ¡feliz primer cumpleaños! Con amor de mamá y papá».
Con las manos temblorosas, Alexia abrió la tapa. Dentro encontró un diminuto collar para bebé, un amuleto tradicional que da buena suerte. El collar era precioso y tierno, grabado con sinceros deseos.
Se apretó el collar contra el pecho, con un nudo de dolor en el corazón, y luego cogió la siguiente caja.
«Para nuestra pequeña princesa. Feliz segundo cumpleaños. ¡Que tu sonrisa ilumine siempre nuestras vidas!».
Pasó de una caja a otra, leyendo cada etiqueta escrita a mano con las manos temblorosas. Las palabras rebosaban de amor y, al poco tiempo, las lágrimas le nublaron la vista.
Había una muñeca de peluche para su tercer cumpleaños. Una mecedora rosa para su cuarto. Un cepillo de pelo plateado para su quinto. Zapatos de tacón para su decimoctavo. Un collar para su decimonoveno. Un reloj pulido para su vigésimo. Cada regalo había sido elegido con tanto cuidado, cada etiqueta llena de silencioso cariño.
Cuando llegó a la caja número veinticinco, sintió un nudo en el pecho y le faltó el aliento.
Ni siquiera había llegado aún su cumpleaños este año.
Pero cuando levantó la tapa, no había ningún regalo esperándola dentro. Había dos testamentos.
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