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Capítulo 420:
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Roger irrumpió en el hospital, recorriendo con la mirada el pasillo con urgencia, hasta que vio a Alexia.
Acababa de salir del baño cuando lo vio correr hacia ella.
Al principio, no logró reconocer la silueta. Pero, a medida que se acercaba, lo reconoció y frunció el ceño.
Roger aminoró el paso, tratando de recomponerse, pasándose una mano por el pelo y enderezándose el cuello de la camisa. Estaba sin aliento; sus ojos la escudriñaban con ansiedad antes de posarse en su brazo izquierdo vendado.
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Un destello de alarma y culpa se dibujó en su rostro. «Me enteré del accidente, así que vine a ver cómo estabas. Menos mal que no fue la mano».
No hacía falta que se explicara. Las manos de Alexia eran los instrumentos de su genio. El mundo las conocía como las herramientas que esculpían milagros.
Alexia, sin saber muy bien cómo interpretar ese repentino arrebato de emoción, mantuvo la voz fría y serena. «Estoy bien». Sin esperar respuesta, se dispuso a pasar junto a él, pero Roger, impulsivamente, extendió la mano y le agarró la muñeca.
Ella se quedó paralizada y luego se giró bruscamente, con una mirada capaz de quemar. Sobresaltado, él la soltó de inmediato. «Lo siento, no era mi intención. Fue un instinto».
Alexia exhaló lentamente, con voz gélida. «Roger, no tienes por qué comportarte así. Antes me despreciabas. ¿Por qué ha cambiado todo al saber que soy Sirius? No confundas tu admiración por Sirius con tus sentimientos hacia mí. No son lo mismo».
Se le hizo un nudo en la garganta, como si algo salvaje estuviera arañando para salir. «Pero tú eres Sirius. Todo lo que hiciste por mí —tus sacrificios— nada de eso desaparece. Aunque ahora estés con otra persona, eso no borra lo que tuvimos».
Las palabras le sonaron mal, como una nota desafinada. «También deberías recordar que el dolor que me causaste nunca ha desaparecido», replicó ella, con tono cortante.
«Lo sé. Y por eso he estado intentando ganarme el derecho a arreglarlo. Por favor, solo dame una oportunidad de ser bueno contigo», suplicó Roger.
Una sombra de cansancio cruzó los ojos de Alexia: un cansancio profundo, que le calaba hasta los huesos. «No tienes que hacer nada. Mantenerte alejado de mí… eso es lo mejor que puedes ofrecerme».
La tranquila firmeza de su voz golpeó a Roger como un puñetazo en el pecho.
Retrocedió tambaleándose, pálido, con la mirada perdida. «No, no lo dices en serio. Sirius no me trataría así».
Una voz grave y sarcástica se interpuso desde atrás. «¿Sigues aferrándote a tu fantasía de cómo te trataría ella?».
Roger se giró de golpe. Waylon estaba a unos pasos de distancia, con una presencia como la de un rayo antes de la tormenta: serena, contenida, pero rebosante de amenaza. Su mirada era letal.
Roger podía sentir su desdén y su provocación. Se le fue todo el color de la cara, sustituido en un instante por la rabia. Su orgullo, ya al límite, se rompió.
«¡Te has pasado de la raya, Waylon Mason!», rugió.
Sin pensarlo, se abalanzó, lanzando un puñetazo amplio, apuntando directamente a la cara de Waylon.
«¡Para! Roger, ¡no te atrevas!», gritó Alexia, con el corazón en un puño. Conocía las habilidades de combate de Roger: no era ningún aficionado. Su instinto fue proteger a Waylon. Pero no tuvo que hacerlo.
Waylon se movió, demasiado rápido para que el ojo pudiera seguirlo. No se inmutó. Su mano se lanzó, veloz como un rayo, y atrapó la muñeca de Roger en el aire, con un agarre de hierro. No se trataba de un bloqueo defensivo. Era dominio.
Sus dedos se cerraron con una fuerza aterradora, aplastando con tal precisión que un sonido escalofriante resonó en el pasillo.
Crack. El crujido de un hueso.
El rostro de Roger se contorsionó de agonía.
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