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Capítulo 366:
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La gente apenas tuvo tiempo de recuperarse de la sorpresa cuando un hombre con un traje caro se desplomó en el suelo, aullando de dolor.
El dolor le surcaba profundos surcos en el rostro maltrecho mientras se agarraba la entrepierna, con las mejillas magulladas y la boca retorcida por el tormento.
Jadeos y chillidos rasgaron el aire mientras la sangre se deslizaba bajo él, lo que hizo que varias mujeres retrocedieran horrorizadas.
Los hombres presentes no pudieron evitar hacer una mueca de dolor ante aquella escena.
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«¿Qué acaba de pasar aquí?»
«¿Alguien sabe quién es ese, o por qué le han atacado así?»
«Una lesión así podría significar que está acabado para siempre».
Se hizo el silencio cuando Alexia se adelantó, saliendo de las sombras del borde del invernadero.
Ni una sola alma entre la multitud pudo reprimir un escalofrío al ver su cabello revuelto y su mirada penetrante y gélida.
Waylon rompió el silencio y se dirigió directamente hacia ella. La rodeó con los brazos y se dio cuenta de que ardía de fiebre. En el aire flotaba el olor acre a sangre y a algo metálico.
En una fracción de segundo, todo cobró sentido para él.
Por primera vez en toda la noche, Alexia se dejó hundir en su abrazo. Le agarró la camisa y susurró: «Se lo ha merecido».
Un poco antes, en el momento en que Alexia había abierto la puerta del invernadero, la habían arrastrado al interior y le habían cerrado la puerta con llave a sus espaldas. El aire apestaba a algo acre.
El olor era inconfundible: un afrodisíaco.
Cuando la cerradura hizo clic, comprendió de inmediato que Milena había urdido una trampa.
Todos los detalles encajaban: la puerta cerrada, el desconocido, la droga. Todo ello tenía como objetivo arruinarla por completo.
Pero Alexia se negó a quedarse de brazos cruzados y dejar que eso sucediera. Toda la ira que Jarred y Milena habían despertado en su interior estalló.
Frente a ese hombre repulsivo, su paciencia se agotó para siempre.
Él no tenía ni idea del lío en el que se acababa de meter.
Impulsada por la indignación, le asestó un golpe con todas las fuerzas que pudo reunir. Solo unos minutos más tarde y quizá no hubiera quedado nada de él que salvar.
La rabia ardía con más intensidad en Waylon que incluso en Alexia. Su presencia llenaba el aire de amenaza, y los espectadores se quedaron en silencio, temerosos de provocar su ira. La mirada en sus ojos era, sin duda, mortal.
«Se merecía más que eso… debería estar muerto», dijo Waylon, pisando con fuerza la garganta del hombre.
Ese único movimiento brutal aplastó la parte más delicada del cuello del hombre, obligándole a abrir los ojos de par en par por el terror y el dolor.
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