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Capítulo 335:
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La sutil fragancia aún flotaba en el aire mientras Ryan se acercaba, sosteniendo una taza de café humeante entre las manos.
Serena estaba sentada en silencio, con la mirada distante y fría, como si ya nada en la habitación pudiera llegar a ella.
Sin embargo, su ceño fruncido se relajó por un breve instante cuando sus ojos se posaron en el café que tenía delante. Siempre había apreciado el aroma intenso y amargo de un buen café.
Por un instante, algo se suavizó en su expresión gélida. Pero la calidez se desvaneció casi tan rápido como había llegado. «Ya no me gusta el café», dijo con tono seco.
Los dedos de Ryan recorrieron el borde de la taza de porcelana. «Los gustos cambian. Han pasado años. Es normal. ¿Y qué bebes ahora?«
Serena lo miró fijamente a los ojos, con voz desprovista de emoción. «Alcohol. En exceso».
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La superficie del café se onduló, como si sus palabras la hubieran perturbado. Un silencio denso envolvió la habitación.
Ryan bajó la mirada, perdido en pensamientos tácitos. «Aquí no tengo alcohol».
«De todos modos, no bebería contigo».
«Entonces me temo que tendrás que conformarte con café, princesa. No te preocupes, no está mal».
Princesa. Así solía llamarla cuando discutían —justo antes de ceder, siempre el primero en intentar hacer las paces, suavizando el tono, tendiéndole la mano con palabras como un bálsamo—.
Serena cerró los ojos un instante, como si intentara refrenar la tormenta que se agitaba en su pecho.
Algo en su interior suplicaba liberarse. Se llevó la taza a los labios y dio un sorbo. El calor intenso y amargo inundó sus sentidos, calmando momentáneamente su inquietud interior.
Los labios de Ryan esbozaron una leve sonrisa mientras la observaba beber con esa misma elegancia serena que él tanto había adorado en su día.
El polvo bailaba perezosamente en los haces de luz tenue, suspendido en el aire entre ellos.
El tiempo parecía haberse detenido.
Pero bajo esa quietud, algo no encajaba.
Una inquietud que se extendía lentamente comenzó a recorrer la piel de Serena, hasta convertirse en un extraño entumecimiento que se iba extendiendo.
Maldita sea.
La mano de Ryan se demoró en la taza que ella acababa de tocar, con el calor de sus dedos aún aferrado a la cerámica.
—Serena, ¿sabes lo que es estar despierta noche tras noche, con la mente incapaz de desconectarse, incluso cuando las pastillas más fuertes no sirven de nada? Esta vez, te toca a ti.
A última hora de esa noche, antes incluso de abrir los ojos, Serena supo que algo iba mal. Había un olor… familiar, pero a la vez extraño.
—Ryan —murmuró medio despierta, abriendo lentamente los ojos.
—¿Estás despierta? —Su voz flotaba en la oscuridad, sin prisas, impregnada de una diversión despreocupada.
—¿Dónde estoy?
—En mi dormitorio.
A Serena se le cortó la respiración. Solo había dado un sorbo al café que él le había ofrecido. Y ahora estaba allí.
Nada le dolía más que la traición de alguien en quien una vez había confiado plenamente. Nunca imaginó que viviría para ver el día en que Ryan se convirtiera en alguien de quien tuviera que protegerse. Años atrás, él había sido su refugio. Su ancla.
Ahora, tumbada en esta cama, con el calor de su presencia envolviéndola como una red, Serena sintió que una oleada de incredulidad y tristeza la embargaba. Hubo un tiempo en que se había quedado dormida en esos mismos brazos, noche tras noche, envuelta en consuelo y amor.
Se presionó las sienes con los dedos, apartando el torrente de recuerdos. Su voz sonó cortante cuando habló: «Enciende la luz».
Odiaba la oscuridad. En la oscuridad, no podía ver. No podía controlar nada.
«Como desees». La voz de Ryan rezumaba sarcasmo, una burla de la obediencia.
Un clic, luego un suave resplandor. Una lámpara de pie se encendió parpadeando, iluminando tenuemente la habitación.
A medida que los ojos de Serena se acostumbraban a la débil luz, las sombras dieron paso a los contornos del espacio que la rodeaba… y a algo que le heló el corazón.
Su mirada se clavó en la pared detrás de Ryan, y su rostro se tensó. Pasaron unos segundos antes de que su voz estallara con rabia. «¡Ryan, pervertido enfermo!».
Toda la pared estaba cubierta por una fotografía enorme.
Era ella.
Las sábanas apenas cubrían su cuerpo, dejando al descubierto sus delicados hombros, sus curvas. Mechones de pelo le caían sobre la piel de una forma casi etérea. Era sensual, suave y de una belleza desgarradora.
No recordaba que él le hubiera hecho esa foto.
Pero recordaba aquella época. Cuando el amor aún era real. Cuando las sonrisas aún eran sinceras.
Esa paz hacía años que no habitaba en su interior. Todo aquello se había esfumado.
Ryan agitó el vino en su copa, impasible ante la furia de ella, observándola desde detrás del borde con una calma inquietante. Al cabo de un momento, la miró a los ojos.
«¿Pervertido? Serena, ¿de verdad entiendes lo que eso significa?».
Se puso de pie y se acercó a ella lentamente, con deliberación.
«Déjame mostrarte cómo es la verdadera perversidad. Un pervertido es alguien que se queda mirando esa foto todas y cada una de las noches, alimentando su odio. Su dolor. Su traición. Un pervertido es alguien que se abre camino hacia el éxito, paso a paso, jurando acercarse cada vez más a ti. En el momento en que me vuelvas a ver, ahí es cuando comenzará tu sufrimiento».
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