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Capítulo 282:
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No se trataba solo de vivir con lo justo; la situación de Alexia rayaba en la pobreza absoluta.
En aquel momento, Alexia apartó la mano de Waylon y evitó su mirada inquisitiva. «Mis padres me dieron dinero. Pero, sinceramente, estoy acostumbrada a este tipo de vida». Sus palabras se fueron apagando hasta que su voz apenas se distinguía de un susurro.
Waylon esbozó una mueca de desprecio. «¿De verdad crees que soy tan ingenuo, Alexia? Sabes tan bien como yo que no te tratan bien».
El comentario le tocó la fibra sensible, haciéndole arder los ojos, pero Alexia se negó a dejar que su orgullo flaqueara. «Te equivocas. Lo único que siempre he querido es vivir como todo el mundo. No hay nada de qué avergonzarse en ser normal. Intentar estar a tu altura cada día… Estoy harta de ello».
Waylon reaccionó al instante, empujando a Alexia contra la pared maltrecha, con el brazo apoyado justo por encima de su cabeza para evitar que se escapara. Con un tono de voz tranquilo y una ira latente bajo la superficie, le preguntó: «¿De verdad me estás diciendo la verdad?».
Ninguno de los dos rompió el tenso silencio que siguió. Alexia permaneció en silencio durante un largo rato antes de ocultar el rostro entre las manos y dejarse caer al suelo. «¿De verdad has venido aquí solo para restregármelo en la cara? ¿Te satisfaría que admitiera que me siento miserable?». ¿No podía simplemente hacerse el tonto?
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La expresión de Waylon se suavizó. Se agachó hasta ponerse a su altura y murmuró: «Lo siento».
Sabía lo mucho que Alexia apreciaba a su familia, pero no pudo evitar dejar escapar la cruda verdad.
—¿No estarás llorando de verdad, verdad? —preguntó, genuinamente desconcertado. Nunca la había visto tan alterada.
Alexia, aún agachada, lo miró con los ojos enrojecidos. —¡No estoy llorando!
Waylon vio las lágrimas brillando en sus ojos, pero no dijo nada. La fría seguridad que solía transmitir parecía desvanecerse, sustituida por algo más tierno mientras la miraba.
El regalo de Alexia para su 17.º cumpleaños era un collar con un colgante.
Waylon dio vueltas al colgante en la palma de la mano, frunciendo el ceño con incredulidad. «Venga ya, algo así no costaría más que unos pocos dólares».
Alexia lo miró fijamente, completamente sin palabras. Con las mejillas enrojecidas y nerviosa, intentó arrebatárselo. «Lo hice yo misma. ¿Te das cuenta siquiera de cuántos días me llevó? ¡Si no lo quieres, devuélvemelo!».
Su arrebato pareció desconcertar a Waylon, pero en lugar de devolvérselo, rápidamente levantó el brazo fuera de su alcance.
Waylon se alzaba imponente sobre ella, lo que hacía imposible que Alexia pudiera recuperarlo. «Ni hablar. Ahora es mío. Es mi regalo de cumpleaños», dijo con voz firme pero juguetona. Una sonrisa genuina y poco habitual bailaba en sus ojos.
Al ver que estaba librando una batalla perdida, Alexia solo pudo suspirar y dejarlo estar.
«Ya tienes tu regalo. ¿No se supone que tienes que irte a casa? Seguro que esta noche te espera alguna fiesta extravagante». Ella lo miró, con un atisbo de nostalgia en los ojos.
Para Alexia, Waylon siempre había parecido inalcanzable: un chico criado en el lujo más absoluto, con los mejores tutores y sometido a unas exigencias imposibles por parte de la familia Mason.
Cada año, multitudes llenaban la sala para celebrar su cumpleaños. El año en que la familia Jenkins acogió a Alexia, ella había asistido a una de sus fiestas de cumpleaños.
Por aquel entonces, él no era más que un niño, guapo con su esmoquin, sentado al piano bajo el resplandor de los focos, dejándole un recuerdo que perduró durante años.
Ahora, aquella antigua admiración se había desvanecido. Ya no podía verlo de la misma manera que cuando era niña.
Waylon se encogió de hombros, sin ocultar apenas su apatía. «No voy a ir a casa. Esas fiestas son una pérdida de tiempo».
Alexia no pudo evitar pensar que sonaba como un mocoso malcriado. La vida siempre había sido injusta. A algunas personas se les daba todo en bandeja, mientras que a otras solo les quedaban las migajas.
Murmuró: «No tengo mucho que ofrecer esta noche. Mi casa no es precisamente un lugar de entretenimiento».
Él restó importancia a su preocupación. «No te preocupes por eso. Comeré lo que tú comas».
Aun así, al fijarse en su elegante vestimenta, Alexia dudó. No se lo imaginaba apretujado en un taburete de plástico en un puesto de comida callejero. Le parecía algo fuera de lugar. Finalmente, utilizó lo último que le quedaba de dinero para llevarlo a un bullicioso puesto del mercado nocturno donde las colas parecían no tener fin.
Al ver a Waylon contemplando el caos del mercado nocturno, con los ojos muy abiertos por la curiosidad, Alexia sintió un extraño nudo en el pecho. Él nunca había estado en un lugar como aquel, mientras que la pobreza siempre había sido su vieja compañera.
Ahora quería saborear la vida cotidiana. ¿Debería celebrar su cumpleaños con algo verdaderamente inolvidable? Quizá le invitara al plato que oliera peor de todos los que pudiera encontrar… pensó Alexia, intentando no esbozar una sonrisa burlona.
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