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Capítulo 15:
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Cada tirón desesperado de Brandon solo hacía que Alexia apretara con más fuerza, retorciendo el tacón en su pie con intención despiadada.
«¡Suéltame! ¿Qué te pasa?» El dolor se colaba en su voz, y levantó las manos presas del pánico, pero Alexia lo agarró por la muñeca. Apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que su palma abierta le golpeara la cara, haciendo que su cabeza se desviara hacia un lado.
No se contuvo, ni por un instante. La bofetada resonó con claridad, dejando a Brandon atónito, con la boca abierta por la incredulidad.
Acercándose, Alexia bajó la voz hasta convertirla en un susurro peligroso. «¿Quién te ha dicho que pudieras siquiera mirarme? Con lo vacía que tienes la cabeza, me da miedo contagiarme de estupidez solo por estar cerca de ti».
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Sacó un pañuelo del bolso, se limpió la mano con un cuidado lento y deliberado y, a continuación, dejó que el pañuelo cayera revoloteando sobre su pelo como si no fuera más que un trozo de basura.
«Absolutamente lamentable».
Sin dudar ni un segundo, se alejó a zancadas, sin molestarse en mirar atrás.
Brandon se quedó sentado en silencio, ardiendo de vergüenza e incapaz de moverse.
El mayordomo, que por fin recuperó el sentido, miró a Eleanor con alarma. «Señora…»
Un lento movimiento de cabeza fue la única respuesta de Eleanor, sin apartar nunca la mirada de la silueta de Alexia, que se desvanecía. La tristeza ensombreció sus rasgos. «No volverá nunca».
Nadie en aquella casa podía afirmar haber conocido a la verdadera Alexia hasta ese mismo momento.
Un suave matiz de pesar se coló en el tono de Eleanor. «Roger nunca fue lo suficientemente bueno para ella».
Horas más tarde, Roger regresó a rastras a la finca, con el pelo revuelto y la ropa arrugada. Apenas había cruzado la puerta cuando le golpeó aquella atmósfera densa y asfixiante.
Todos los miembros de la familia Gibson estaban reunidos, con los rostros impasibles e indescifrables, como si esperaran su confesión.
Nunca imaginó que un divorcio dejaría la casa sumida en un caos absoluto.
Allen Gibson, el patriarca de la familia, estaba sentado saboreando una taza de café, con sus ojos curtidos fijos en Roger con una mirada que helaba hasta los huesos. Al fijarse en la mano vendada, Allen esbozó una mueca de desprecio: «Vaya, mira quién está aquí. Vuelves a casa con pinta de haber tenido un día realmente horrible».
Roger se mantuvo firme, con la mandíbula apretada, pero guardó silencio.
Allen continuó: «¿Ha merecido la pena este circo? Todo ese drama en la fiesta de Marilee, mancillando nuestro nombre en todos los periódicos de la ciudad. ¿Estás satisfecho contigo mismo?».
Gloria Gibson, la madre de Roger, intervino con rencor: «Todo esto es culpa de Alexia…».
Allen preguntó: «¿Te he preguntado qué opinas?».
Gloria cerró los labios de golpe, con la ira ahogada por el miedo.
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