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Capítulo 117:
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Santino adoptó una actitud fingidamente severa. «La privacidad del paciente, ya sabes. A los médicos no se nos permite revelar secretos sin permiso».
Al instante, Alexia sintió que había ido demasiado lejos. «Lo siento, eso estuvo fuera de lugar. Eh… ¿y Waylon? ¿Cómo se las apañó mientras estabais todos en el extranjero? Tú eras su médico, así que lo viste de cerca».
Santino se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz. «¿Por qué me lo preguntas a mí? ¿Nunca se lo has preguntado a Waylon?».
Alexia asintió levemente, con aire contrito. «Sí. Me dijo que todo iba bien. «
Santino se encogió de hombros, indiferente. «Pues ya tienes tu respuesta. Estaba perfectamente».
La mirada penetrante de Alexia dejó claro que no se lo creía, y Santino se rascó la nariz, soltando una tos incómoda.
«No puedo decir mucho más. Pero escucha, Waylon es más fuerte que la mayoría; no hay por qué preocuparse por él. Quizá haya quien piense que su familia es un desastre, pero Waylon no es como los demás. Mételo en cualquier tormenta y siempre encontrará la manera de salir. Ahora, descansa un poco, Alexia».
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Al darse cuenta de que Santino no iba a revelar nada más, Alexia dejó el tema.
Tras unos minutos de silencio, se levantó y salió de la habitación.
Santino la vio marcharse y soltó un largo suspiro de alivio.
Una sola palabra descuidada sobre el pasado, y Waylon nunca le dejaría en paz.
De vuelta en su dormitorio, Alexia se tumbó en el colchón, cerró los ojos e intentó vaciar la mente, apartando de un lado el torbellino de acontecimientos de hacía un rato.
Pero justo cuando sus pensamientos empezaban a calmarse, un rastro muy tenue de música de piano llegó flotando desde algún lugar cercano. Las notas eran suaves, lejanas —casi de otro mundo— y flotaban en el aire como un sueño que apenas se recordaba. De alguna manera, la melodía se abrió paso hasta su pecho, despertando con delicadeza viejos recuerdos.
Sobresaltada, Alexia abrió los ojos de golpe. Se levantó y, impulsada por la curiosidad, se adentró en el pasillo en busca del origen de la música.
Sus pasos la llevaron hasta una puerta entreabierta. La empujó ligeramente para abrirla más y se encontró en una sala de música bañada por la luz del sol, con las paredes cubiertas de partituras esparcidas y un desorden creativo.
En el centro de la sala, un piano negro pulido brillaba entre las sombras. Waylon estaba frente al teclado, con las manos moviéndose con silenciosa maestría, sacando del instrumento una melodía que centelleaba en el aire.
A sus pies, un gato yacía tumbado, moviendo la cola al ritmo de la música, perfectamente feliz.
No cabía duda: era Waylon quien tocaba.
¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que lo había oído así?
La luz ámbar de las vidrieras se extendía por la sala, proyectando patrones sobre las mangas remangadas y los delgados antebrazos de Waylon. La concentración acentuaba sus rasgos, y el resplandor no hacía sino aumentar su magnetismo.
Al sentir que alguien lo observaba, las manos de Waylon se detuvieron. Se giró y cruzó la mirada con Alexia, cuya mirada brillaba desde la puerta.
No se sintió cohibida. Al contrario, entró con paso tranquilo, imperturbable. «No pares por mi culpa. Simplemente pasaba por aquí y pensé en quedarme a escuchar». Dicho esto, se sentó en un asiento cercano, mirándolo con expectación.
Waylon arqueó una ceja, con un atisbo de diversión en la voz. «No eres tímida, ¿verdad?»
«Si estás tocando, ¿por qué no tener público?», sonrió Alexia con tono sincero. «Me imaginé que este piano estaba olvidado. Hace años que no tocas para nadie».
Sus dedos se deslizaron sobre las teclas mientras bajaba la mirada, y sus palabras fueron susurradas. «La verdad es que ha pasado mucho tiempo. No esperes la perfección».
Ella negó con la cabeza, con una suave convicción en la mirada. «No importa. Sé que harás que merezca la pena escucharlo».
Escuchar tocar a Waylon era algo que siempre había atesorado.
Su mente se remontó a su primer encuentro: Waylon, solo ante un piano de cola, el centro de atención en una fiesta formal.
Por aquel entonces, Alexia acababa de incorporarse a la familia Jenkins. Era una chica que no sabía nada de la alta sociedad ni de música clásica. No podía nombrar ni una sola pieza, pero al ver tocar a Waylon, le había parecido en todo momento un príncipe de cuento de hadas: refinado, distante, inalcanzable.
Aunque esa ilusión de cuento de hadas no durara —gracias a su temperamento impulsivo—, nunca pudo olvidar del todo lo especial que le parecía detrás del piano.
Sus palabras hicieron que Waylon se sentara de verdad, con un aire paciente y sin prisas. —Muy bien, crítica musical. ¿Alguna petición?
Alexia arqueó las cejas, sorprendida. —¿Ahora aceptas peticiones?
Él lo confirmó con un ligero asentimiento. —Solo si es música clásica.
Una oleada de nostalgia la invadió y sonrió. —Nunca me había dado cuenta de que pudieras ser tan tranquilo.
Waylon negó con la cabeza. «No es solo un capricho».
«Entonces, ¿cuál es el motivo?».
Su mirada se suavizó. «Quiero hacerte feliz».
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