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Capítulo 782:
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El siguiente hombre se movía con una presencia mucho más suave. Se detuvo junto a Lillian y se inclinó ligeramente con elegancia. A continuación, con un movimiento suave, alzó la mano para apartarle un mechón de pelo suelto detrás de la oreja.
Sus dedos nunca llegaron a tocarle la piel. Aun así, la minúscula distancia entre ellos estaba calculada con tanta precisión que ese casi contacto hizo que Lillian contuviera el aliento inconscientemente.
Tenía un aspecto amable y dócil, e incluso había un atisbo de vulnerabilidad en sus ojos. Parecía alguien abatido por la desgracia, obligado a llevar esta vida tras haberlo perdido todo, lo que hacía difícil no sentir un poco de compasión por él.
Erik no tardó en darse cuenta de que Lillian llevaba bastante rato mirando fijamente el rostro del hombre. Era obvio que le gustaba lo que veía. En el momento en que su mano comenzó a extenderse hacia la mejilla de él, Erik frunció el ceño de repente. Antes de que ella pudiera tocar al hombre, él le agarró la muñeca.
«¿Eh?» Lillian se volvió hacia él, desconcertada.
«Supongo que este tampoco es lo suficientemente bueno», dijo Erik con un suspiro de resignación, como si estuviera haciendo un sacrificio tremendo. Se puso en pie y continuó: «Parece que tendré que animarte yo mismo».
«Nunca he dicho que no me gustara», respondió Lillian.
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Para ser sincera, pasar tiempo con tantos hombres atractivos ya le había levantado el ánimo. «Quedémonos con este».
«No tienes que fingir», dijo Erik mientras le soltaba la muñeca, con un tono de total seguridad. «Por muy buenos que sean, no pueden compararse conmigo. Es obvio que yo soy la mejor opción».
Lillian lo miró arqueando las cejas. «¿De verdad lo crees?»
Sinceramente, no había encontrado ningún defecto en esos chicos, especialmente en el de esos ojos amables y tristes que no habían dejado de mirarla.
Pero antes de que pudiera decir nada más, Erik ya había tomado la decisión por ella. Despidió a todos los hombres antes de dirigirse directamente a la zona entre bastidores.
Al quedarse sola, Lillian esperó sin tener la más mínima idea de lo que él estaba tramando.
Pasaron casi diez minutos. Acababa de servirse la tercera copa y estaba a punto de levantarse para ver qué estaba haciendo cuando, por fin, la puerta se abrió de par en par.
En el instante en que Erik apareció, Lillian casi se atragantó con su bebida. Tosió repetidamente, mirándolo con total incredulidad.
«Tú…»
El Rey de las Súcubos se había puesto un top de malla negra tan transparente que casi no ocultaba nada. La tela se ceñía ligeramente a su cuerpo, dejando visible su tonificada parte superior, mientras que unos pantalones negros a medida hacían que sus ya largas piernas parecieran aún más llamativas.
Combinado con su pelo plateado y sus ojos carmesí, el atuendo le daba un aspecto peligrosamente cautivador.
Sin embargo, lo que pilló a Lillian completamente desprevenida fue su pecho. Sus dedos se apretaron alrededor del vaso.
En algún momento, mientras estaba entre bastidores, se había hecho dos piercings. Bajo la tela transparente, un par de elegantes anillos de plata reflejaban las luces con cada movimiento sutil.
Lillian ni siquiera se atrevía a seguir mirándolo.
Lo absurdo del atuendo acabó por romper la compostura de Lillian, que estalló en carcajadas.
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