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Capítulo 649:
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El viento le hacía sentir más presente, casi demasiado real, y no se percató del cambio en su entorno.
—¿Ya has terminado de bailar?
La voz surgió de entre las sombras.
En el extremo más alejado de la azotea, Erik esperaba de pie, con su silueta recortada bajo el tenue resplandor de la noche.
—¿Qué haces aquí? —Lillian se presionó las sienes con los dedos; el alcohol le nublaba la mente.
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«He venido a recoger lo que es mío», respondió Erik mientras se acercaba a ella, con movimientos suaves y controlados, aunque algo feroz ardía en su mirada.
Erik atrajo a Lillian hacia sí sin previo aviso, rodeándole la cintura con el brazo mientras la apretaba con fuerza contra él.
«Erik, lo haría, pero…» Lillian apenas logró articular las palabras antes de que él la interrumpiera con un beso. No había ningún tipo de moderación en él. Se adueñó por completo de su boca, rompiendo su vacilación como si no existiera, y el sabor persistente del vino se desvaneció bajo la intensidad del beso.
Las manos de Lillian se alzaron contra su pecho, sin saber muy bien si empujarlo o recurrir a su habilidad esper. Aun así, sentía como si hubiera perdido el control de su propio cuerpo. La energía en la que confiaba le parecía lejana, inalcanzable.
Entre el alcohol que nublaba sus pensamientos y la forma en que él la sostenía, su resistencia se desvaneció más rápido de lo que pudo evitarlo.
La mano de Erik se deslizó por su cintura, apretando los dedos a través de la fina tela mientras la atraía hacia sí, sin dejar espacio entre ellos. No aflojó el abrazo, y el beso se hizo más profundo hasta que su respiración perdió el ritmo y se suavizó en sonidos silenciosos e inestables.
—Dices una cosa, pero tu cuerpo cuenta otra historia.
Apenas se apartó antes de que sus manos se movieran con silenciosa precisión, desabrochándole la parte delantera de la ropa. Sus labios descendieron, rozándole el cuello antes de presionar con más fuerza contra su clavícula, dejando una marca que le ardía en la piel.
El aire nocturno de la azotea era fresco, pero cada caricia de Erik le parecía todo lo contrario, extrayéndole calor a Lillian con cada segundo que pasaba. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, aunque no tenía nada que ver con el viento.
Erik sintió que eso aún no era suficiente. Sus instintos se negaban a dejarle detenerse ahí.
Más tarde, Erik cogió a Lillian en brazos y la giró con facilidad, con un agarre controlado pero imposible de resistir, presionándola contra el borde de la azotea. Lillian se asomó a la barandilla, contemplando la amplia extensión de terreno que habían despejado de escombros ese mismo día.
Todo a su alrededor le parecía demasiado expuesto, demasiado abierto, y, sin embargo, no había escapatoria de la pasión que se desataba a sus espaldas. El contraste le retorcía algo por dentro, esa mezcla de inquietud y ardor que alimentaba algo que no podía rechazar.
Erik se apretó contra su espalda, con la respiración entrecortada en su cuello, su tacto ligero pero decidido, manteniéndola justo al límite.
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