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Capítulo 425:
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Con esfuerzo, se incorporó, con el cuerpo temblando. Las lágrimas le corrían sin control por el rostro. Detrás de su nuca, el tótem del lobo plateado cobró vida, liberando todo lo que había permanecido enterrado durante años. Al mismo tiempo, su poder espiritual se desbordó sin control.
Intentó mantener la compostura, avanzando a trompicones por el bosque distorsionado. El dolor lo oprimía, arrastrándolo al borde del colapso.
Justo antes de perder por completo el control, su gran mano rozó una marca que no era suya. En el aire denso y venenoso, percibió el más leve indicio del aroma de Lillian.
Eso devolvió la claridad a sus pensamientos caóticos.
—Lily… —murmuró, tambaleándose mientras seguía ese rastro.
Al mismo tiempo, Lillian había caído al suelo; el gas tóxico también le nublaba la mente y la arrastraba hacia una extraña visión.
Pero, a diferencia de Samuel, lo que ella veía no era su pasado. Era su futuro.
Vio a Samuel, que debería haber sido suyo, vestido con un traje caro, de pie en un salón grandioso y elegante, sonriendo a su dominatrix.
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Cuando la mujer se giró, Lillian se dio cuenta de la verdad. No era ella.
El salón estaba lleno de invitados, que expresaban sus felicitaciones a gritos.
Lillian dio un paso adelante, intentando alcanzar a Samuel, pero su mano atravesó su cuerpo. Solo pudo observar cómo él se inclinaba y besaba la mejilla de la mujer, llamándola la única a la que amaba.
El dolor oprimió el pecho de Lillian. Antes de que pudiera reaccionar, la escena se desmoronó de nuevo.
El mundo a su alrededor se convirtió en ruinas. El cielo se oscureció y enjambres de insectos llenaron el aire. Los cuerpos de las criaturas hombres lobo caídas yacían esparcidos a sus pies.
Entonces Lillian se vio a sí misma, de pie, sola. Una hoja estaba clavada profundamente en su pecho, y la sangre goteaba sin cesar al suelo.
De su cuerpo brotó una luz dorada y cegadora. A sus espaldas, apareció la sombra de Yggdrasil, inmensa y ancestral, envolviéndola por completo.
Al instante siguiente, una ola de luz brotó de ella, barriendo todo a su paso. Por dondequiera que pasaba, los insectos morían al instante y las criaturas transformadas caídas comenzaban a levantarse de nuevo.
¿Pero qué pasaría con ella misma?
A través del vasto cielo estrellado, las luces dispersas flotaban como brasas que se apagaban. En ese futuro lejano, Lillian decidió renunciar a todo, disolviéndose en el universo.
Nunca podría volver a casa.
Un grito ahogado rompió el momento.
Lillian se despertó de golpe, llevándose las manos al pecho mientras las lágrimas le resbalaban por el rostro. El dolor en su corazón era asfixiante.
A pesar de haber recuperado la lucidez, el peso de aquella visión no había desaparecido. Estaba completamente conmocionada, ajena a lo que se acercaba sigilosamente a sus espaldas.
Un olor fétido y asfixiante flotaba en el aire. Paso a paso, se acercaba. La repentina sensación de peligro finalmente sacudió a Lillian. Se giró sin dudar.
Sus ojos se abrieron como platos ante la escena.
Una criatura se alzaba a menos de cinco metros de distancia.
Tenía la piel agrietada por todas partes, abierta en múltiples hendiduras que dejaban al descubierto la carne de color rojo oscuro que había debajo. Su columna vertebral se retorcía de forma antinatural, mientras que de sus hombros y codos sobresalían púas óseas dentadas, como espinas que se abrían paso a la fuerza a través de su cuerpo.
Sus ojos eran de un blanco plateado apagado, vacíos, sin pupilas alguna.
Lentamente, abrió la boca, emitiendo un sonido áspero y entrecortado mientras un moco transparente goteaba de sus labios.
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