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Capítulo 37:
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En ese instante, la habilidad de seducción de Erik cobró vida, y un sutil destello se encendió en sus ojos carmesí de pupilas rasgadas, mientras la tenue luz captaba su inquietante brillo. «Ven aquí», dijo él, con un tono grave pero imposible de ignorar.
Lillian no podía quitarse de la cabeza la sensación de que algo no iba bien.
El instinto le dictaba que se retirara, e incluso intentó dar un paso atrás, pero su cuerpo la traicionó: sus pies la llevaron hacia delante hasta que se detuvo junto a la cama.
La mirada de Erik se fijó en ella sin vacilar, aquellos ojos profundos y absorbentes, como dos remolinos gemelos que arrastraban sus pensamientos, su voluntad, todo lo que ella era, hacia su interminable atracción.
«Déjame alimentarme de tu poder espiritual», murmuró Erik, con una voz suave y distante, como si llegara desde algún lugar lejano y, al mismo tiempo, resonara directamente en su mente. «Solo relájate… No hace falta que te resistas».
Lillian lo vio inclinarse hacia ella, pulgada a pulgada, hasta que su presencia llenó su campo de visión. Su rostro se cernía ante ella, tan increíblemente perfecto que parecía irreal, cada rasgo esculpido con tal precisión que se asemejaba a una obra maestra creada por algo divino.
Sus largas pestañas se bajaron, e inclinó la cabeza lo justo para que la punta de su nariz casi rozara la de ella. Hilos invisibles de fuerza mental se deslizaron hacia fuera, enroscándose alrededor de su conciencia mientras él se preparaba en silencio para absorber los últimos vestigios de su poder espiritual con el fin de curarse a sí mismo.
Detrás de la apariencia serena de Erik se vislumbraban cálculos egoístas. Una vez que tomara lo que necesitaba, se alejaría de Lillian sin mirarla dos veces, en busca de otras mujeres que pudieran seguir restaurando su fuerza.
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Pero las cosas no salieron como él había planeado.
Durante un instante, los pensamientos de Lillian se nublaron y perdió la concentración, pero en el momento en que esa fuerza ajena comenzó a arrancarle su poder espiritual, la lucidez volvió de golpe como un cable tenso. Sus ojos se agudizaron mientras lanzaba ambas manos hacia delante, apoyándolas con firmeza contra el pecho de Erik y empujándolo hasta dejarlo tendido sobre la cama.
«¡Oye!». Con un movimiento rápido y decidido, se colocó a horcajadas sobre él, inmovilizándolo con su peso. Inclinándose ligeramente, lo miró fijamente con una mirada fría e inquebrantable, con una expresión despojada de toda suavidad. «Estabas intentando drenar mi poder espiritual para calmarte, ¿verdad?»
Erik se puso rígido, y una expresión de sorpresa cruzó su rostro.
Una punzada de incredulidad lo recorrió; su encanto nunca había fallado antes, y sin embargo no había surtido ningún efecto en ella.
Los dedos de Lillian se cerraron alrededor de su garganta, con un agarre firme e inquebrantable mientras una mirada gélida parecía posarse en sus ojos. «Mientras el vínculo perdure, yo soy tu dominatrix. ¿Cómo te has atrevido a traicionarme así?».
En ese instante, la furia que brotaba de ella borró todo rastro de ternura, revelando un lado despiadado que ya no se molestaba en ocultar.
Sabía que no marcar un límite ahora solo traería problemas más adelante; alguien tan calculadora como una súcubo se aprovecharía de cualquier debilidad sin dudarlo.
El silencio se prolongó entre ellos mientras Erik observaba a Lillian, con algo indescifrable destellando en sus ojos.
A lo largo de su reinado como rey de las súcubos, su encanto nunca había fallado ni una sola vez. Innumerables mujeres habían caído bajo su hechizo, atraídas sin resistencia, dispuestas a entregarlo todo por él.
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