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Capítulo 111:
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Darren volvió a hablar, con tono firme. «No estás pensando con antelación. Solo reaccionas cuando atacan. Tienes que anticipar sus movimientos. Las bestias hiena agachan el cuerpo antes de saltar. Fíjate en sus patas traseras. No te centres en sus ojos».
Lillian se limpió la sangre de la cara y respiró hondo. «Entendido. Lo volveré a intentar».
Otra oleada de bestias se abalanzó sobre ella. Lillian se movió antes de que pudieran acercarse. Fijó la mirada en la más grande y, en el instante en que esta tensó las patas traseras, un cristal de hielo salió disparado de su mano.
La bestia ni siquiera completó el salto. El impacto le atravesó la garganta, haciéndola dar una voltereta en el aire antes de caer al suelo sin moverse.
Lillian no bajó el ritmo después de eso. Una tras otra, las bestias restantes cayeron.
Con cada muerte, su control mejoraba. Empezó a anticipar sus movimientos y a combinar sus ataques con el combate cuerpo a cuerpo, terminando toda la ronda con precisión.
Con la espalda apoyada contra un árbol, le costaba respirar. El temblor de su brazo no se debía al cansancio, sino al esfuerzo de haber agotado su poder espiritual.
Se oyó la voz de Darren: «La siguiente es una bestia de nivel D. Encuentra su punto débil y averigua cómo matarla».
Hizo una breve pausa. «Si fallas, volverás a empezar».
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Lillian apretó la mandíbula mientras se obligaba a responder. «Entendido».
Un momento después, apareció el siguiente oponente. La bestia aberrante de nivel D se alzaba imponente por encima de las demás de antes; su cuerpo tenía dos cabezas y una larga cola. Su mera presencia ya la hacía peligrosa para una mujer de nivel E como Lillian.
Enfrentarse a algo por encima de su nivel conllevaba un riesgo.
Lillian cambió de estrategia. Se formó escarcha a lo largo de su espada, cubriéndola con una fina capa de hielo.
Se abalanzó directamente sobre ella. La espada golpeó sus escamas, pero no dejó más que una pálida marca. Al instante siguiente, la cabeza izquierda de la bestia se le clavó en el hombro y la lanzó a un lado. Su cuerpo se estrelló contra un árbol.
Se oyó un crujido seco cuando se le rompió el cuello. La oscuridad se apoderó de su visión mientras perdía el conocimiento.
Cuando recuperó la conciencia, se encontraba de nuevo en el mismo bosque. El corazón le latía con fuerza mientras se llevaba la mano a la nuca para comprobar que su cuello estaba intacto.
Pero el dolor parecía real. Persistía como si algo le hubiera atravesado el cuello.
La voz de Darren sonó, indiferente: «Otra vez».
En el segundo intento, Lillian cambió de ángulo. Rodeando a la bestia por un costado, clavó la espada en un hueco entre las escamas. La bestia reaccionó de inmediato, y sus movimientos se volvieron desenfrenados debido al dolor. Antes de que pudiera apartarse, su cola la golpeó y la fuerza de impactó le rompió los huesos de la pierna.
Se arrastró hacia delante apoyándose en los codos, pero la cabeza derecha de la bestia se abatió y le arrancó de un mordisco la mitad del cuerpo.
Un dolor intenso la invadió.
Un grito desgarrador se escapó de sus labios al volver bruscamente al mismo momento, de pie de nuevo en el bosque, con todo el cuerpo temblando.
Darren le preguntó: «¿Quieres parar? Pareces aterrorizada».
Lillian se obligó a estabilizar la respiración. «No. Sigue».
«El hueco entre las escamas está en la unión del cuello y el abdomen», le recordó Darren.
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