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Capítulo 64:
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«¿Todavía estás aquí?», pregunta ella, ladeando la cabeza.
«¿Eh?», murmuro distraído. Ella se da cuenta de que mi atención está en otra parte y sigue mi mirada. La sorpresa se refleja en sus ojos y sus mejillas se ponen rosadas.
Como su sujetador.
Rápidamente levanta los brazos y se cubre el pecho.
—Joder —murmura.
—Bella y Tony me tiraron zumo de naranja cuando me acerqué demasiado a su pelea.
—Deja de mirar y muévete —me ordena, y yo no me muevo ni un centímetro.
Ella resopla e intenta pasar de todos modos. Me roza y mis manos agarran con firmeza su cintura. Bajo mi boca hasta su oreja y el silencio en la habitación se hace espeso: «El rosa te queda bien». Sin darle la oportunidad de replicar, salgo.
Me encuentro con Shawn y Sergio al pie de las escaleras.
—¿Estás listo? —pregunta Sergio.
—Sí…
—Tarda más que una chica en prepararse —me interrumpe Shawn.
—Me llevó treinta y cinco minutos, imbécil. —Lo fulmino con la mirada.
Elisia se toma una puta hora entera.
Cuando estamos a punto de salir por la puerta, meto la mano en el bolsillo y me doy cuenta de que no tengo la cartera.
«Me he olvidado algo», les informo, dándome la vuelta. Ambos resoplan mientras subo las escaleras. Llego a mi puerta y la abro.
«Me he olvidado la cartera…», empiezo, sabiendo que Elisia probablemente todavía está aquí arriba.
Me interrumpe cuando la veo cambiándose, de espaldas.
Mi mirada se posa en su espalda.
Tiene marcas en la espalda.
Como si algo brutal hubiera sucedido.
Y algo dentro de mí se agita.
«¿Elisia?».
Se da la vuelta rápidamente y se cubre con la sudadera que estaba a punto de ponerse.
«¿Puedes salir un segundo?», pregunta en voz baja, y puedo ver cómo el pánico se apodera de sus ojos. ¿Qué coño?
«¿Qué te ha pasado en la espalda?», pregunto, sin hacer ademán de salir.
«¿Puedo ponerme ropa primero?», repite su pregunta, mirando a la pared a mi lado. No me mira a los ojos, como suele hacer. Y eso me jode un montón.
Suspiro y me doy la vuelta, dándole la intimidad que necesita. Cuando termina, tararea, haciéndome una señal para que me dé la vuelta.
«La espalda», le recuerdo.
—Me caí.
Y una mierda.
Esos no eran moratones de una caída. Podía ver marcas con forma de puto cinturón. Si alguien está haciendo daño a mi mujer, o lo ha hecho, tengo que saberlo, joder. No podrán volver a hacerle daño a ella, ni a nadie.
«No parece que te hayas caído», alzo las cejas.
«¿Por eso fuiste al hospital?».
«¿Cómo sabes que…?».
«Date la vuelta».
«Yo… ¿qué, no?». Ella duda.
«Elisia», la advierto.
«Esto es serio».
«No», responde, como la pequeña mocosa testaruda que es.
«Yo también estoy hablando en serio, dos pueden jugar a este juego».
«Te lo pido por última vez», le advierto.
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