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Capítulo 73:
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La risa se fue apagando poco a poco, dejando tras de sí un rastro de calidez en aquella habitación fría y extraña. Ethan soltó el cable de la tele y se pasó una mano por la nuca, un gesto tímido que Iris rara vez había visto en aquel magnate arrogante.
—Bueno —dijo, recuperando la compostura—, al menos ahora sabemos que la tele funciona… quizá demasiado bien.
Iris se sentó en el borde de la cama, cruzando las piernas. La camisa de Ethan se le subió ligeramente y él apartó la mirada con cortesía forzada. El sonido de la lluvia en el exterior y los ruidos rítmicos de la habitación de al lado creaban una banda sonora surrealista.
Ethan se sorprendió a sí mismo mirando fijamente el hombro izquierdo de Iris, visible a través del amplio cuello de la camisa prestada. Recordó la foto policial con la camisa de franela. Sabía que tenía que haber una cicatriz bajo esa piel pálida, un recuerdo físico de aquella noche en el bosque. Pero la piel de su hombro parecía suave, impecable, con un tono uniforme que parecía desafiar sus recuerdos.
Ethan entrecerró los ojos. Se dio cuenta de que la textura en esa zona era ligeramente diferente, un poco más mate que el brillo natural del resto de su piel. Maquillaje. Incluso después de la ducha, había mantenido esa barrera. Iris estaba ocultando deliberadamente la marca que los unía.
Una oleada de emociones complejas lo invadió. No era decepción, sino una dolorosa certeza. Ella sabía quién era él. Y había pasado años ocultándole su identidad, cubriendo esa cicatriz cada día como si ocultara un delito. ¿Por qué? ¿Lo odiaba tanto? ¿O tenía tanto miedo de que él la volviera a ver como aquella niña destrozada?
Ethan sintió la necesidad de enfrentarse a ella, de coger una toalla húmeda y limpiarle el maquillaje para sacar a la luz la verdad. Pero se fijó en su rostro, pálido y agotado, con sus ojos grises llenos de una vulnerabilidad que rara vez mostraba. No. No podía obligarla. Ella tenía que confiar en él lo suficiente como para mostrarle sus cicatrices por voluntad propia.
Iris se percató de que él tenía la mirada fija en su hombro. Sabía lo que estaba buscando. El corazón le latía con fuerza contra las costillas.
Llevaba años utilizando maquillaje corporal de cobertura total para ocultar esa cicatriz. Odiaba esa marca. Era el recuerdo físico del día en que se perdió mientras huía de Wayne. Cada mañana, como parte de su rutina de «armadura», se aplicaba corrector resistente al agua. Incluso después de una ducha rápida, el producto de alta calidad seguía allí, camuflando la verdad.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, fingiendo inocencia mientras se subía la tela de la camiseta para cubrirse el hombro.
Ethan levantó la mirada y la miró a los ojos. Un silencio denso se extendió entre ellos, en el que las palabras no dichas pesaban una tonelada.
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—Nada —dijo por fin, con voz suave pero cargada de significado—. Solo estaba pensando en lo fuerte que eres.
Iris parpadeó, sorprendida por la respuesta. Ethan se dio la vuelta antes de que ella pudiera estudiar su expresión.
«Me voy a duchar. Intenta dormir».
Se dirigió al baño, llevándose la ropa sucia y cerrando la puerta con un último clic.
Iris soltó el aire que había estado conteniendo. Se frotó el hombro cubierto de maquillaje a través de la tela. Por ahora estaba a salvo. No quería que él la quisiera porque fuera una niña de un recuerdo. Quería que él la viera a ella, a la mujer en la que se había convertido. O tal vez… temía que, si él supiera la verdad, su decepción por en qué se había convertido aquella valiente niña fuera aún mayor.
Se tumbó en la cama de agua, que se movía bajo ella como si fuera un ser vivo. Sacó el móvil, que había conseguido secar y cargar un poco.
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