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Capítulo 381:
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La lluvia caía con fuerza, formando una cortina líquida que distorsionaba el mundo. Ethan Kensington —el hombre que solía controlar cada aspecto de su entorno— estaba de pie en medio de la calle, empapado hasta los huesos, gritando como un loco.
«¡IRIS!»
Su grito quedó ahogado por los truenos y el tráfico. El pelo oscuro se le pegaba a la frente; el agua le corría por la nariz y la barbilla. Parecía un náufrago.
Algunos vecinos se asomaron a sus balcones. Dos adolescentes en la acera sacaron sus móviles y empezaron a grabar. «El director general del Grupo Kensington sufre un colapso en plena calle» sería el titular viral en menos de una hora. A Ethan no le importaba.
La cortina del ático se movió.
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Segundos después, sonó el interfono del edificio. Ethan corrió a toda velocidad hacia el panel de mármol de la entrada.
«¡Iris! ¡Abre!»
« «Sube», dijo una voz, distorsionada a través del altavoz.
Las puertas de cristal se desbloquearon con un clic.
Ethan entró como una exhalación, dejando un rastro de agua y barro por el impecable vestíbulo de mármol. El conserje intentó detenerlo, pero al ver la mirada de Ethan, tuvo la sensatez de hacerse a un lado.
El ascensor parecía tardar una eternidad. Ethan observaba cómo subían los números: 10… 20… 30…
Ding. Planta 35. Ático.
La puerta del piso estaba entreabierta.
Ethan la empujó y entró.
El lugar era lujoso y minimalista, decorado en tonos blancos y grises. Iris estaba sentada en un sillón con las piernas cruzadas. Llevaba ropa seca —cómoda, pero elegante— y sostenía una copa de vino tinto.
Estaba impecable. Seca. Tranquila.
El contraste con Ethan, que goteaba agua sucia sobre una alfombra persa, era brutal.
Dio un paso hacia ella, abriendo los brazos en un gesto instintivo de súplica.
«Iris…»
Ella levantó una mano, deteniéndolo en seco. Ni siquiera se levantó.
«No ensucies mi alfombra», dijo con frialdad. «Es de cachemira».
Ethan se quedó paralizado, temblando de frío y emoción. Bajó los brazos, derrotado.
—Te quiero —soltó de repente. Las palabras salieron apresuradas, desesperadas—. Te quiero, Iris. Siempre fuiste tú. En la cabaña… en la cueva… siempre fuiste tú. Fui estúpido. Me dejé engañar, pero mi corazón… mi corazón siempre te estaba buscando.
Iris lo miró. Dio un sorbo de vino. Su expresión no era de odio. Era de lástima: profunda y devastadora.
—Amas el recuerdo de una chica en la nieve, Ethan —dijo ella en voz baja—. Amas una fantasía. Amabas a Scarlett porque creías que ella era esa fantasía. Y ahora dices que me amas porque te he demostrado que soy más fuerte que ella.
—¡No es solo eso! —protestó Ethan, dando un paso adelante e ignorando la alfombra—. ¡Te quiero! ¡A la mujer que eres ahora!
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