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Capítulo 359:
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Las puertas principales de la clínica —una estructura de cristal reforzado y acero— no estaban diseñadas para soportar el impacto de un todoterreno blindado de tres toneladas a ochenta kilómetros por hora.
El vehículo de Jax atravesó la entrada como un misil negro, haciendo que el cristal estallara en una lluvia letal de fragmentos. El mostrador de recepción se hizo añicos.
El polvo de yeso y los escombros llenaron el aire.
Antes incluso de que las ruedas dejaran de girar, la puerta del conductor se abrió de golpe. Jax salió rodando, con la pistola táctica en la mano.
Dos guardias de seguridad privados irrumpieron en el vestíbulo, desenfundando sus armas.
«¡Al suelo!», gritó Jax.
No esperó a que obedecieran. Dos disparos certeros. ¡Pum! ¡Pum!
Los guardias cayeron gritando, agarrándose las piernas. Jax no disparaba para matar, sino para neutralizar. Eleanor Kensington no quería cadáveres que la prensa pudiera diseccionar; quería resultados.
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Julian salió tambaleándose por el lado del copiloto, tosiendo entre el polvo, con la mirada fija en el pasillo que conducía al ala quirúrgica. Eleanor permaneció en el coche —a salvo y fría— llamando ya al jefe de policía para asegurarse de que las secuelas fueran «limpias» y legales.
«¡Pasillo tres! ¡Abajo!», gritó Julian, recordando la distribución habitual de estas clínicas ilegales gracias a sus investigaciones.
Jax se movió con una eficiencia depredadora. Derribó de una patada unas puertas dobles.
Dentro del quirófano, el médico oyó el caos. Le temblaban las manos.
«¡Ya están aquí!», chilló la enfermera, soltando las piernas de Iris y saliendo corriendo hacia la salida trasera.
«¡Maldita sea!». El médico miró a Iris, luego a la jeringuilla y, a continuación, a la puerta. El pánico luchaba con la codicia. Si no terminaba el trabajo, no le pagarían. Peor aún: dejaría un testigo.
Decidió terminarlo. No por dinero, sino para borrar las pruebas.
Levantó la jeringuilla, apuntando directamente al abdomen de Iris.
Iris vio la muerte en sus ojos. El tiempo se alargó. Podía ver la gota de líquido transparente temblando en la punta de la aguja. Podía oír su propio corazón contando los últimos segundos.
«¡No!».
El grito no era suyo.
Era de Ethan, que irrumpía detrás de Jax, desarmado y desesperado.
La puerta del quirófano salió disparada de sus bisagras bajo la brutal patada de Jax. El guardaespaldas irrumpió en la sala, con la pistola en alto. Sin vacilar. Sin previo aviso.
Disparó a la mano del médico.
La bala atravesó la muñeca del hombre. La jeringuilla salió volando, girando a cámara lenta, y se estrelló contra las baldosas de la pared del fondo, haciéndose añicos. El líquido se derramó inofensivamente por el suelo.
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