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Capítulo 338:
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La mañana siguiente amaneció gris y pesada sobre Boston. Iris salió del edificio apoyándose en el brazo de Julian, pero se detuvo al ver la fila de todoterrenos negros que esperaban. Ethan estaba de pie junto a la puerta abierta de uno de ellos.
«Vamos a mi hospital», dijo Ethan, bloqueando el paso a Julian. «Sin interferencias de Thorne».
«No va a ir sola contigo», intervino Julian, colocándose delante de Iris.
—No hace falta que me protejas, Julian —dijo Iris en voz baja, tocando el brazo de su amigo—. Puedo manejar a Ethan. Además, necesito que prepares los trámites de la custodia.
Iris se dirigió hacia Ethan. Caminaba despacio, aún con dolor, pero con la dignidad de una reina que marcha al exilio.
—Sube —dijo Ethan, ofreciéndole la mano para ayudarla.
Iris ignoró su mano y se subió por su cuenta, apretando los dientes para soportar el esfuerzo.
El interior del coche estaba climatizado y en silencio. Ethan se sentó frente a ella, observándola fijamente. No había amor en su mirada, solo un cálculo intenso y posesivo.
—¿Estás comiendo bien? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.
Iris miró por la ventana.
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«No finjas que te preocupa mi salud, Ethan. Solo te preocupa el heredero».
«Me preocupan las dos cosas», respondió él. «Aunque me odies».
El coche se dirigió hacia el Hospital de Kensington. A Iris se le hizo un nudo en el estómago. Sabía que el bebé era de Ethan. No había duda. Pero darle una confirmación oficial sería entregarle un arma. Nunca la dejaría marchar si supiera que el niño era suyo. Utilizaría al bebé para atarla a él, para obligarla a volver a aquella fría mansión.
Tenía que controlar la situación. Pero, ¿cómo podría burlar una prueba de ADN dentro del hospital de su marido?
—Ethan —dijo Iris, volviéndose hacia él—. Si la prueba da positivo… ¿qué harás?
—Te llevaré a casa —dijo él sencillamente, como si fuera la única opción lógica—. « Construiré un ala médica en la casa. Nadie te tocará. Ni Victoria, ni Tiffany, ni nadie».
«¿Y si no quiero ir?».
«No tendrás elección», dijo Ethan, bajando la voz. «Eres mi mujer. Estás embarazada de mi hijo. Tu lugar está conmigo».
Un escalofrío recorrió la espalda de Iris. Aquello no era amor. Era cautiverio. Él la veía como una posesión valiosa que había recuperado. La decisión se formó en su mente, clara y desesperada. No podía permitirle tener ese poder.
El coche se detuvo en la entrada privada del hospital. El doctor Aris, el director, esperaba nervioso junto a un equipo de enfermeras.
«Señor Kensington, doctor Sterling», saludó Aris, inclinándose con demasiada reverencia ante Iris.
Ethan frunció el ceño. Percibió el miedo en los ojos de Aris. No era respeto por la esposa del jefe. Era puro terror ante «El Cirujano».
«Preparen la sala de amniocentesis», ordenó Ethan. «Quiero los resultados en una hora».
Iris salió del coche. Al pasar junto al doctor Aris, se cruzó con su mirada: una mirada inconfundible, una advertencia silenciosa que hizo que el director palideciera aún más.
«Vamos a descubrir la verdad, Ethan», murmuró Iris. «Pero ten cuidado con lo que deseas».
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