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Capítulo 175:
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«Lárgate de mi casa», dijo él, dándole la espalda.
Iris subió las escaleras y llenó una única maleta pequeña con su ropa vieja y la foto de su madre. Volvió a bajar diez minutos más tarde.
Cuando llegó al vestíbulo, se abrió la puerta principal.
Serena entró, cargada de bolsas de tiendas de diseño, riéndose por el teléfono.
Se detuvo al ver la escena. La maleta. La cara de Ethan.
Una sonrisa lenta y venenosa se dibujó en sus labios.
«Vaya… ¿día de mudanza?», preguntó Serena con falsa inocencia. «¿Necesitas que te llame un taxi, Iris?».
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Lily empujó deliberadamente con el hombro a Serena al pasar junto a ella.
«Apártate, basura de plástico».
Iris se detuvo frente a Serena.
«Disfrútalo mientras dure», dijo Iris. «La cama aún está caliente».
Miró a Ethan por última vez. Él estaba mirando por la ventana, con las manos en los bolsillos, rígido como un cadáver. Liam estaba de pie en un rincón, mirando a Serena con una mezcla de asco y contención, como si quisiera echarla pero tuviera órdenes estrictas de no hacerlo.
«Adiós, Ethan».
Iris salió por la puerta. El cielo estaba gris y había vuelto a llover. Se subió al coche de Lily.
Mientras el coche se alejaba, Ethan se giró. Observó cómo las luces traseras rojas desaparecían entre la lluvia.
Serena se acercó y le puso una mano en el brazo.
«Ethan, cariño… ¿estás bien? Ahora podemos estar juntos sin…»
Ethan se sacudió su contacto como si ella fuera un insecto venenoso.
«No me toques», gruñó. «Vete a tu piso. No quiero verte aquí».
«Pero Scarlett dijo…»
«Me da igual lo que haya dicho Scarlett. Fuera».
Se quedó solo en el amplio vestíbulo. El silencio ya no era paz.
Era una tumba.
Miró la carpeta del divorcio.
Había ganado. Se había deshecho de ella.
Entonces, ¿por qué sentía como si acabara de firmar su propia sentencia de muerte?
Un mes después.
La ciudad de Nueva York estaba plagada del rostro de Serena Miller.
En Times Square, una pantalla gigante mostraba a Serena sosteniendo un frasco del perfume «Kensington Essence», con el eslogan: «El nuevo rostro de la elegancia». Era una campaña forzada, una estrategia desesperada para controlar la narrativa antes de que estallara el verdadero escándalo.
En el pequeño y abarrotado piso de Lily, Iris miraba fijamente la pantalla de su portátil. El resplandor azul iluminaba su rostro concentrado. Sus dedos volaban sobre el teclado, escribiendo líneas de código complejo.
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