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Capítulo 163:
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Ethan la apartó débilmente con su mano sana. Sus brazos pesaban una tonelada.
«No… espera…», jadeó.
«Me quieres, ¿verdad? Siempre me has querido», insistió Scarlett, utilizando la culpa del pasado como arma. «Prometiste cuidar de mí. Me lo debes».
Ethan cerró los ojos, tratando de escapar del mareo.
Y entonces comenzó la alucinación.
El olor del perfume de Scarlett se transformó en olor a humo. Humo de madera quemada.
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La habitación a oscuras se iluminó con destellos anaranjados en su mente. Fuego.
Vio una cueva. Vio a una niña.
«Sálvame, hermano mayor», dijo Scarlett, imitando una voz infantil, tratando de aprovechar su complejo de héroe.
Pero fue un error táctico fatal.
La voz de Scarlett era aguda, exigente.
La voz en la memoria de Ethan, la voz de la chica que lo había salvado, era suave, firme, valiente. Ethan ya sabía la verdad. Ya había confirmado que Iris era la chica de la cueva por la cicatriz y los sueños recurrentes, pero se había negado a aceptarlo, atrapado en su lealtad mal entendida hacia Scarlett.
La droga, diseñada para reducir sus inhibiciones, tuvo el efecto contrario: le despojó de su capacidad para mentirse a sí mismo. Ya no podía seguir fingiendo que Scarlett era la salvadora.
La imitación de Scarlett no era seductora; era un insulto a su recuerdo sagrado.
Ethan abrió los ojos de par en par. Sus pupilas estaban tan dilatadas que eclipsaban los iris, negros como la noche.
«Tú no eres ella», gruñó Ethan. «Nunca lo fuiste. Eres una mentirosa».
Abajo, en la biblioteca, «El Oráculo» miró su teléfono. Los fondos habían llegado. Se puso de pie y se guardó el portátil en el bolsillo.
«Caballeros, debo marcharme al aeropuerto. Tengo una reunión urgente en Zúrich para asegurar vuestras inversiones».
«¡Por supuesto, por supuesto!», dijo Blake, estrechándole la mano. «¡Que Dios te acompañe!».
La familia Sterling descorchó el champán, celebrando su futura fortuna, sin saber que acababan de regalar hasta el último céntimo, y que arriba, su última esperanza de salvación estaba a punto de desmoronarse.
Ethan gruñó, un sonido animal, librando una guerra civil entre su biología drogada y su voluntad de hierro.
Scarlett, impaciente y excitada por su propia victoria inminente, se inclinó para besar a Ethan en la boca, tratando de sellar el destino con sus labios.
Ethan reaccionó con puro instinto de supervivencia.
Sus manos, que un segundo antes habían parecido inútiles, se alzaron de golpe y agarraron las muñecas de Scarlett. Su agarre fue brutal, lo suficientemente fuerte como para dejar moratones.
«¡Me estás haciendo daño!», chilló Scarlett, sobresaltada.
Ethan la miró. Tenía el rostro contorsionado, sudoroso, aterrador. La droga mezclaba el pasado y el presente, superponiendo el rostro de Scarlett al de un demonio, al del fuego mismo. Ya no veía a su prometida; veía a su captora.
«Tú… no… eres… ella», repitió Ethan, cada palabra como un pesado ladrillo. La verdad brotó de su garganta como lava.
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