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Capítulo 1447:
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Ver su rostro bañado en lágrimas le oprimió el pecho. «Lo siento. Cuando salvé a tu madre, no sabía nada del vínculo que os unía. Debería haberlo descubierto antes y haberte ahorrado todos esos años de búsqueda interminable».
Adah negó con la cabeza lentamente y, a pesar de las lágrimas en los ojos, logró esbozar una sonrisa. «Ningún regalo que haya recibido se compara con este, y llevaré esta gratitud conmigo el resto de mi vida». Tras una breve pausa, levantó la cabeza y lo miró con firme determinación. «De verdad que amo tu regalo más que a nada en el mundo, y estoy lista para cumplir nuestra apuesta».
Había aceptado: se casaría con él.
Allan no dudó. Metió la mano en el bolsillo, sacó una pequeña caja de terciopelo y la abrió, dejando al descubierto un anillo de diamantes que brillaba intensamente. Ante todos los presentes, se arrodilló y fijó la mirada en ella. «Adah, ¿quieres casarte conmigo?».
Las lágrimas aún se aferraban a sus pestañas, pero en su mirada brillaba una felicidad desbordante. Sin vacilar, extendió la mano y respondió con tranquila certeza. «Sí».
Él la quería a su lado como esposa, y ella estaba dispuesta a dar ese paso sin vacilar. Si alguna vez llegaba el día en que sus sentimientos se desvanecieran, ella se marcharía por voluntad propia y nunca sería una carga para él. Sin importar lo que deparara el futuro, su gratitud permanecería intacta por el resto de su vida.
Adah había aceptado la propuesta, pero el hombre que ahora se erigía como la figura central a su lado no era quien nadie había imaginado. La sorpresa se extendió por la sala, seguida de un denso silencio mientras todos intentaban asimilar lo que acababan de presenciar.
En el momento en que el «sí» de Adah llegó a sus oídos, la expresión de Allan se iluminó. Sin dudarlo, deslizó el anillo de diamantes en su dedo, convirtiendo una promesa en algo real. Ahora, ella era suya.
Se puso de pie, abrumado por la emoción, y se inclinó para depositar un suave beso en sus labios: una declaración silenciosa.
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Juntos, eran impresionantes. Su altura y su porte elegante llamaban la atención, mientras que su esbelta figura y su belleza deslumbrante la retenían. Cuando él se inclinó y acercó su rostro al de ella, la ternura entre ambos pareció llenar toda la sala, como si el aire mismo se hubiera calentado.
Cualquiera que lo viera habría jurado que era una escena sacada directamente de una película: un beso tan perfecto que parecía digno de la gran pantalla.
Los labios de Adah eran suaves y dóciles, con un sutil rastro de dulzura que perduraba. Ese único beso bastó para que Allan quisiera más, tentado de atraerla hacia sí y perderse por completo.
Aun así, se obligó a apartarse tras ese breve y tentador momento. Sin alejarse demasiado, le habló en voz baja. «En realidad, ese fue mi primer beso. Sin duda, tú has salido ganando».
El calor inundó las mejillas de Adah, tiñéndolas de carmesí. La sorpresa se reflejó en su rostro antes de que respondiera. —También fue mi primer beso, así que no actúes como si me hubiera aprovechado de ti.
Sus palabras fueron amables pero firmes, y despertaron algo cálido en el pecho de Allan. Dada la presencia segura y el encanto de Adah, siempre había dado por sentado que los hombres se enamoraban de ella con facilidad y a menudo. Nunca se había permitido imaginar que su primer beso sería con él, y mucho menos que significaría tanto para ella. Sin embargo, ella acababa de admitirlo, y la verdad lo dejó atónito. Parecía que, tras esa apariencia audaz, albergaba un corazón sincero e intacto. Apenas podía creer su suerte.
Al darse cuenta de ello, una risa brillante e incontenible se escapó de sus labios.
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