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Capítulo 1446:
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Al final, el destino los había vuelto a reunir. Después de todo lo que habían soportado, por fin habían encontrado un poco de paz.
Mientras Sally hablaba con los demás, Adah no le quitaba los ojos de encima, observando atentamente a su madre en la silla de ruedas. La pregunta que había estado conteniendo finalmente salió a la luz. «¿Por qué estás en una silla de ruedas? ¿Qué te ha pasado?».
«No estoy paralizada, así que no te asustes», respondió Sally de inmediato, al percibir la preocupación en la voz de su hija. «Estuve en coma durante muchos años, en estado vegetativo. Solo desperté hace un mes. Mis músculos se debilitaron por la falta de uso, así que todavía me estoy recuperando. Con la terapia, mejoraré poco a poco».
¿Un coma que duró años? Un dolor agudo y punzante atravesó el pecho de Adah, tan intenso que apenas podía respirar.
Leonel miró a Sally, con los ojos llenos de angustia. «Sally… ¿cómo te ha podido pasar algo así?».
Rodeada de tanta gente, sabía que no era el momento de contar toda la verdad. Respondió con delicadeza: «Es una larga historia. Te lo explicaré más tarde».
Él lo entendió de inmediato y no insistió más.
Tras mirar a Allan, que estaba a su lado, Sally volvió a centrar su atención en su hija. «Hace años, tuve un terrible accidente y estuve a punto de morir, pero Allan me salvó. Durante todo el tiempo que estuve inconsciente, él supervisó mi atención médica. También fue él quien consiguió sacarme del coma hace un mes. No estaría aquí sin él».
La mirada de Adah se dirigió bruscamente hacia Allan, y de repente lo comprendió todo. El regalo que él había preparado no era un objeto: era su madre, la mujer a la que había buscado incansablemente durante tantos años. Todo encajaba: por eso estaba tan seguro de que le encantaría su regalo. Solo había hecho la apuesta porque sabía que ganaría.
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En su interior, lo reprendió por ser tan calculador. Aun así, una profunda gratitud le inundó el pecho, y los sentimientos hacia él surgieron con una fuerza inesperada, envolviéndola en una calidez imposible de ignorar.
El hombre al que una vez había mirado con desprecio había estado protegiendo a la persona más importante de su vida todo ese tiempo. Había mantenido con vida a su madre, pagado su tratamiento año tras año y, finalmente, la había sacado del coma. Esa bondad había creado una deuda imposible de saldar.
Si él le pidiera algo a cambio, ella no dudaría en dárselo. Pero él no había pedido nada más. Su único deseo era ella. Decidió cumplir la apuesta y decir que sí.
No le dio muchas vueltas. En el fondo, sabía que lo que atraía a Allan era su aspecto, y que cuando el tiempo desvaneciera esa belleza, quizá él dejara de mirarla de la misma manera. Sin embargo, ese pensamiento no le preocupaba demasiado. Ya estaba dispuesta a entregarle los mejores años de su vida como forma de devolverle todo lo que había hecho por su madre.
Con esa decisión afianzándose en su pecho, Adah alzó la mirada hacia él, ahora mucho más suave y cálida. Se había rendido. A partir de ese momento, era suya. Si no hubiera habido tanta gente alrededor, habría corrido hacia él sin pensarlo dos veces y se habría refugiado en sus brazos.
Allan se dio cuenta del cambio al instante. La mujer que deseaba estaba dispuesta a casarse con él, y no permitiría que nadie se la quitara de su lado. Quizás el amor aún no había echado raíces, y quizás la gratitud era lo único que la unía a él por ahora. No importaba. Mientras ella permaneciera a su lado, él dedicaría toda su vida a demostrar que era digno de ella, hasta que su corazón lo eligiera de verdad.
—Allan… gracias —dijo Adah, con la voz temblorosa por una emoción que no podía ocultar.
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