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Capítulo 1424:
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Gia se desplomó en su silla, con la mente en blanco, mientras repetía sin cesar en voz baja: «Se acabó. Todo se acabó». A su lado, Kimberly y Westley estaban petrificados como estatuas de mármol, demasiado conmocionados para articular una sola sílaba.
En marcado contraste con su desesperación, Leonel se sentía embriagado de alegría. Cuando Sally vivía, él había grabado innumerables vídeos de sus momentos íntimos en familia, capturando su calidez y sus risas con la cámara. Tras su desaparición, Gia había descubierto esos archivos escondidos en su ordenador y había destruido el aparato en secreto.
Con el ordenador destruido, esos preciosos fragmentos de Sally parecían haberse evaporado para siempre, sobreviviendo solo en la caja fuerte cerrada con llave de la memoria de Leonel. Nunca, ni siquiera en sus fantasías más desesperadas, había imaginado que Elliana resucitaría las imágenes de Sally bailando.
Para un hombre que había amado a su esposa con cada átomo de su alma, esta grabación trascendía lo invaluable. Tenía el mismo peso para Adah.
Las lágrimas corrían por el rostro de Adah mientras veía a su madre deslizarse por la pantalla, con la voz quebrada por la emoción. «Elliana, ¿cómo recuperaste esto?».
La expresión de Elliana se suavizó y se llenó de auténtica calidez. «Cuando tu madre interpretó esta pieza hace tantos años, tú la grabaste y me la enviaste. La he guardado desde entonces. En cuanto vi a Rowena saquear descaradamente el trabajo de Sally, desenterré el archivo y lo restauré en alta definición».
Lo que había comenzado como un fugaz recuerdo digital compartido entre niños había sido ferozmente protegido por Elliana durante quince años. Era más que lealtad; era un vínculo forjado en titanio, la devoción definitiva hasta la muerte.
Elliana dio un codazo a Adah en broma, y una chispa traviesa volvió a sus ojos. «¿Mi pequeña bomba ha caído con suficiente fuerza?».
Adah apenas podía articular su gratitud. «Elliana… gracias. Por todo».
Tras respirar hondo y recuperar la compostura, Adah se giró hacia el público atónito. Su voz no solo se escuchaba, sino que dominaba la sala, resonando con la fuerza de una mujer que por fin recuperaba su legado. «Sé que todos os preguntáis quién es esa mujer que aparece en la pantalla. Dejadme que os la presente. Es mi madre, Sally. La danza era su razón de ser, y Moonlight Shadow era su corazón, ¡su creación original!».
Antes de que el público pudiera asimilar la revelación, la voz de Elliana cortó el aire como una guillotina. Clavó a Rowena en el sitio con una mirada que podría descascarillar la pintura. «Rowena, no puedes negar que este vídeo tiene quince años, ¿verdad? Mira esa pantalla. ¿Puedes negar honestamente que la mujer que baila tu «obra maestra» es tu propia tía? ¿Puedes negar que le robaste la pieza a Sally?».
Las acusaciones de Elliana caían como piedras, cada una de ellas irrefutable. Rowena no podía negar ni una sola palabra, por mucho que buscara desesperadamente una salida. Su rostro se sonrojó, la vergüenza y la furia se entremezclaron hasta ahogarla y dejarla en silencio. Un pensamiento martilleaba su cráneo como un tambor de guerra: huir.
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Pero huir no era una opción. Una docena de guardias de seguridad formaban un muro impenetrable alrededor del escenario, bloqueando todas las salidas. Atrapada. Estaba atrapada en esta ejecución pública.
Rowena quería suplicar clemencia a Elliana, rogarle que le diera una salida. Pero ¿de qué serviría? Adah y Elliana eran despiadadas, lo sabía desde que eran niñas. No le concederían nada. Ni clemencia. Ni escapar.
Elliana miró a Rowena, encogida, sin mostrar ni una pizca de compasión. «Ya que no puedes negar los hechos, ¿vas a admitir por fin que robaste la obra original de la madre de Adah? ¿O vas a afirmar que coreografiaste Moonlight Shadow cuando tenías cinco años?».
Rowena no se arriesgaría a inventarse una mentira tan monstruosa. Si hubiera creado esa obra tan emblemática cuando era niña, ya sería una leyenda, lo que le habría evitado la desesperada necesidad de humillarse y hacer trampa para participar en este concurso. Aunque mintiera, nadie le creería. El silencio era su única y horrible opción.
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