Su Venganza fue su Brillantez - Capítulo 1166
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Capítulo 1166:
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El nombre hizo que Paulina sintiera un escalofrío. «¿Qué hacemos?».
Antes de que Elliana pudiera responder, un dolor agudo y despiadado recorrió su cuerpo. La segunda contracción la invadió. El segundo bebé estaba llegando.
Todo el miedo quedó relegado. Solo quedaba un pensamiento: traer a su hijo al mundo de forma segura.
Apenas diez minutos después, el llanto de un recién nacido llenó la habitación y resonó en el pasillo: fuerte, potente y lleno de vida.
Cuando Maxine salió del quirófano con la niña en brazos, todas las miradas del pasillo se volvieron hacia ella. Miguel arqueó una ceja, pero no dijo nada. Lo único que quería era a Elliana. Le daba igual si los bebés de Elliana vivían o morían, o en manos de quién acabaran.
La reacción de Jason, sin embargo, fue diferente. Su mirada era aguda, su cuerpo se tensó como si estuviera listo para saltar y arrebatarle el bebé. Pero antes de que pudiera moverse, una tos seca lo sacudió y la sangre brotó de sus labios.
Las patadas de Miguel habían hecho más que romperle las costillas: habían destrozado las entrañas de Jason. Jason apenas podía mantenerse en pie, y mucho menos luchar contra alguien como Maxine. En su estado, incluso un matón callejero podría haberlo derribado.
La escena hizo que los corazones de sus hombres se retorcieran de dolor.
—Sr. Evans, descanse, por favor —le suplicó uno, con voz cargada de preocupación—. ¡Recuperaremos al bebé, aunque nos cueste la vida!
Ayudaron a Jason a sentarse en un banco cercano y luego se volvieron hacia Maxine, listos para luchar.
Los guardias de Maxine se movieron al instante, formando una barrera humana. La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Ambos bandos estaban preparados, a un paso de una masacre.
La voz de Maxine rompió el silencio, tranquila, casi fría.
«Tienes talento, Jason. Lo respeto. Pero si sigues así, no tendré piedad. ¿Estás seguro de que quieres que tus hombres mueran aquí esta noche?».
Apoyándose débilmente contra el banco, Jason la miró a los ojos, con una mirada desafiante.
—Mientras siga respirando, no te llevarás a ese niño.
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—No le haré daño al bebé —dijo Maxine, con tono de desconcierto—. Ni siquiera Elliana se opuso a esto. ¿Por qué malgastas tu último aliento? ¿Quieres que tus hombres mueran en vano?
Jason sabía que tenía razón. No podía ganar esta lucha. Negarse a ceder solo conduciría a su muerte y a la de sus hombres. Pero ¿cómo podía quedarse sentado y ver cómo Maxine se llevaba al bebé de Elliana? Si dejaba que Maxine se marchara, ¿cómo podría volver a mirar a la cara a Cole o a Elliana?
Jason soltó una risa amarga. Luego bajó la mirada al suelo. Sus hombres, leales hasta la médula, lo entendieron al instante. No hacían falta palabras. Era una batalla a muerte. Se habían entrenado bajo su mando y lo habían seguido durante años. El miedo no tenía cabida entre ellos.
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