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Capítulo 94:
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La conmoción, la ira y la comprensión repentina se reflejaron en el rostro de Joselyn, delatando la tormenta que se desataba en su interior. Fernanda se mantuvo serena y tranquila, con sus intenciones a la vista como si fueran una armadura. Una sonrisa serena se dibujó en sus labios mientras sostenía la mirada de Joselyn con confianza inquebrantable.
Joselyn alzó la voz, afilada y a la defensiva. —Puedo ofrecerte dinero, pero ¿acciones? ¡Ni lo sueñes!
La sonrisa de Fernanda no se alteró. —Déjeme recordarle, señora Ross, que el dinero siempre se puede recuperar. Pero ¿la reputación de su hija? Una vez mancillada, es casi imposible restaurarla.
—Usted…
—¿Ha seguido las noticias? Los rumores ya pintan a su hija como una criminal. Si esto no se maneja adecuadamente, esa mancha la perseguirá para siempre. Dudo que quiera eso para ella.
Joselyn sintió un escalofrío. La joven serena que tenía delante, con esa sonrisa inflexible, estaba pintando un futuro sombrío e inquebrantable para Ava.
—Usted conoce sus ambiciones mejor que nadie —continuó Fernanda, levantando ligeramente la barbilla. Su tono era frío, implacable—. Ninguna suma de dinero puede superar el futuro de su hija.
Joselyn miró fijamente a Fernanda, buscando cualquier signo de vacilación, pero solo encontró una determinación inquebrantable. No había lugar para la negociación: Fernanda había dejado claras sus condiciones.
—Ochenta millones —replicó Joselyn.
Fernanda negó con la cabeza, sin perder la calma. —Mi condición es el uno por ciento de las acciones. Ninguna cantidad de dinero cambiará eso.
Las acciones del Grupo Ross habían aumentado constantemente de valor, lo que las hacía mucho más valiosas que el simple dinero en efectivo. Asegurarse incluso un solo por ciento era un logro que no se podía comprar tan fácilmente.
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Fernanda sabía exactamente lo que valían esas acciones y, para ella, el dinero no era un sustituto.
«Esa es mi oferta», dijo Fernanda, con una sonrisa casi desarmante. «Piénsalo. Cuando hayas tomado una decisión, ponte en contacto con mi hermano.
Él se encargará de todo».
Con eso, abrió la puerta del coche y salió. Apoyándose en su muleta, se alejó con pasos firmes y deliberados. Tenía la espalda ligeramente encorvada, pero su postura irradiaba determinación, no sumisión.
Joselyn la vio marcharse, impresionada por el espíritu inquebrantable de la joven. Incluso ante unas circunstancias tan adversas, Fernanda nunca se rendiría.
Joselyn se frotó distraídamente las sienes, donde sentía un dolor punzante, mientras la audaz exigencia de Fernanda resonaba en su mente.
El conductor la miró por el espejo retrovisor y le preguntó con cautela: «Señora, ¿adónde la llevo?».
«A la empresa», respondió Joselyn secamente.
Sin embargo, cuando el coche empezó a moverse, Joselyn cambió de opinión. —No. Lléveme a casa.
Se dio cuenta de que mencionar la exigencia de Fernanda a Hunk solo provocaría un conflicto. El uno por ciento de las acciones podía parecer insignificante, pero para una empresa del tamaño del Grupo Ross, representaba un cambio fundamental en el control. Por ahora, el liderazgo del grupo seguía siendo seguro, pero la diferencia entre los principales accionistas y el resto no era grande.
Si Fernanda obtenía esas acciones y luego las vendía, especialmente a un rival, las consecuencias podrían ser graves. Hunk nunca toleraría ese riesgo.
El Grupo Ross era más que un simple negocio para Hunk: era la obra maestra de su vida, la cima de su ambición y la base misma de su identidad. Para él, significaba más que Joselyn o Ava. Hunk nunca permitiría ninguna amenaza a su estabilidad.
Consciente de ello, Joselyn sabía que tenía que encontrar la mejor solución posible antes de plantearle la petición de Fernanda a Hunk. Tenía que actuar con cautela; había demasiado en juego.
Mientras tanto, Fernanda regresó a casa. Al entrar, el reconfortante aroma del café recién molido inundó el aire. Ector, vestido con ropa informal de color beige, estaba de pie junto a un molinillo de café manual.
—Ya has vuelto, Fernanda. Justo a tiempo. Ven a probar mi última mezcla —le dijo con una sonrisa.
Fernanda se acercó a la mesa. Ector le acercó una taza medio llena y puso la leche y el azúcar a su alcance.
Ella ignoró los acompañamientos, levantó la taza y bebió un sorbo solo. El amargor se extendió por su lengua. Ector la observó con interés.
—¿No te sabe amargo? —preguntó, inclinando la cabeza.
—Estoy acostumbrada —respondió Fernanda con tono tranquilo—. La leche y el azúcar lo suavizan, pero ocultan el verdadero sabor del café. Me he acostumbrado a tomarlo solo, me mantiene alerta. Quizá el amargor agudiza mi mente.
Ector se rió entre dientes, con un brillo de admiración en los ojos. —Sabes, Fernanda, eres muy joven, pero tus palabras tienen mucho peso. Lo que acabas de decir sobre el café podría aplicarse perfectamente a la vida.
La dulzura puede ser abrumadora, pero es la amargura la que enseña la resistencia y la fuerza.
—Exacto —dijo Fernanda con un guiño juguetón—. Fíjate en mi lesión en la pierna, por ejemplo. A simple vista, fue un revés. Pero ¿quién sabe? Quizá al final me recompense con algo importante.
Ector captó la insinuación en sus palabras y asintió pensativo. —¿Así que la familia Ross se ha puesto en contacto contigo?
—Sí —respondió ella, dejando la taza sobre la mesa con delicadeza—.
«Probablemente volverán a llamar mañana. Si se ponen en contacto contigo primero, avísame».
«¿Ah, sí? ¿Eso significa que estás considerando la reconciliación?».
«Quizás, si aceptan mis condiciones».
Si la familia Ross realmente le entregaba el uno por ciento de sus acciones, Fernanda pasaría de ser una extraña a una accionista del Grupo Ross. Tendría voz en las decisiones y una parte de los beneficios, que prometían ser considerables.
Y todo ello por el precio de un tobillo dislocado. Fernanda no podía evitar maravillarse ante tal ganga. Su lesión se curaría en unos meses, pero la oportunidad de asegurarse una participación en el Grupo Ross era algo que rara vez se presentaba.
—¿Qué les has pedido exactamente? —Ector no pudo ocultar su curiosidad.
Fernanda respondió sin dudar, exponiendo su estrategia. Él abrió mucho los ojos, con evidente incredulidad en el rostro.
—¿Impresionado? —preguntó Fernanda con una sonrisa burlona.
—Por supuesto —respondió Ector, levantando el pulgar en señal de aprobación—. No esperaba que fueras tan audaz.
—¿Por qué no iba a serlo? Son ellos los que vienen a mí de rodillas. —Fernanda se encogió de hombros y terminó su café—. Pero tengo que darte las gracias por preparar el terreno tan perfectamente.
Ector había adoptado una postura inflexible con la familia Ross, dejándoles convencidos de que la negociación era imposible. La única exigencia de la familia Morgan era clara e inquebrantable: Ava debía ser encarcelada.
Bajo tanta presión, la ansiedad de la familia Ross no podía sino aumentar, empujándoles a ofrecer condiciones muy atractivas desde el principio. Con ese terreno preparado, por muy atrevidas que fueran las exigencias de Fernanda, parecerían perfectamente justificadas. El cambio en su tono era prueba suficiente de su desesperación.
Era un juego estratégico calculado, una verdadera batalla de ingenio.
En ese momento, Ector finalmente entendió por qué Fernanda había insistido en que se mantuviera tan inflexible con la familia Ross. No podía evitar sorprenderse por la agudeza mental de su hermana. Con solo diecinueve años, leía a las personas con facilidad, orquestando cada movimiento como si todo fuera parte de un gran diseño. Era impresionante ser testigo de ello.
También se dio cuenta de por qué Fernanda había tolerado el comportamiento de Ava durante tanto tiempo. No actuaba por perdón, sino por estrategia. Cada vez que Ava intentaba algo, Fernanda conseguía darle la vuelta a su favor. Un simple castigo podría haberle proporcionado cierta satisfacción, pero aprovechar la situación era mucho más gratificante. La brillantez de Fernanda era innegable.
Un ruido repentino en la puerta sacó a Ector de sus pensamientos. Kevin apareció con expresión ansiosa.
—¡Vamos, paleto! ¡Es hora de nuestro combate! —Kevin señaló a Fernanda—. No me digas que te has olvidado de nuestra apuesta.
Fernanda sonrió con aire de suficiencia, completamente tranquila. —¿Olvidado? Para nada. Solo me preocupa que te eches atrás cuando las cosas se pongan difíciles.
—¿Yo? ¿Echarme atrás? Es una broma —se burló Kevin.
Se volvió hacia Ector—. Tú serás nuestro testigo. Asegúrate de que no intente escaquearse de la apuesta cuando gane.
Ector negó con la cabeza, sin poder ocultar su diversión.
En su opinión, el resultado ya estaba claro. Fernanda no habría aceptado la apuesta a menos que estuviera absolutamente segura de su victoria. Aunque Ector no jugaba a esos juegos ni conocía el nivel exacto de los dos, ya podía predecir el destino de Kevin. El pobre solo estaba cavando su propia tumba.
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