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Capítulo 462:
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En medio de una intensa batalla por equipos, donde cada segundo contaba, su torpe movimiento provocó la derrota instantánea de su campeón.
Ambos equipos estaban formados por jugadores expertos, y la victoria dependía de una sincronización precisa. El repentino error de Neal cambió el rumbo de la partida. El enemigo aprovechó la oportunidad y avanzó con un ejército de secuaces que invadieron la base de su equipo como una inundación que rompe un dique. Su fortaleza cayó y el juego terminó en una derrota devastadora.
La pantalla se iluminó con una avalancha de críticas, comentarios que cortaban su actuación como cuchillos, todos señalando lo mal que había jugado ese día.
Neal se desplomó en su silla, con la mirada fija en la pantalla, pero con los ojos vacíos. El torrente de palabras parecía rebotar en él como si fueran ecos lejanos.
Pero el teléfono se negaba a ser ignorado, su incesante timbre era como un martillo sobre sus nervios destrozados.
Incluso los espectadores de la retransmisión en directo oyeron el tono agudo.
Sus comentarios comenzaron a cambiar, especulando sobre quién podría estar llamando con tanta urgencia.
El ruido se detuvo, dando a Neal un fugaz momento de alivio, solo para volver a empezar, tan implacable como una marea que no retrocede.
Las llamadas persistentes llevaron la paciencia de Neal al límite.
Sus dedos bailaron rápidamente sobre el teclado. «No me encuentro muy bien hoy. Perdón por la mala actuación. Voy a terminar la retransmisión antes de tiempo. Gracias por vuestra comprensión».
Ignorando la avalancha inmediata de reacciones, Neal terminó la retransmisión.
La energía animada se esfumó de la habitación, dejando tras de sí un silencio inquietante. Solo el fondo de pantalla predeterminado de su ordenador brillaba débilmente, un pálido recordatorio del caos que acababa de desatarse.
Neal se puso de pie, con el cuerpo rígido protestando por el movimiento repentino. Tenía las piernas entumecidas y sentía un hormigueo mientras se arrastraba hasta la cama, donde yacía su teléfono encendido. Solo unas pocas personas tenían ese número.
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Neal ya sabía quién era.
Sus labios se apretaron en una línea dura, su rostro marcado por el agotamiento, aunque sus ojos agudos aún mostraban un destello de desafío.
Mirando fijamente el número no guardado en la pantalla, cogió el teléfono. Era su padre, por supuesto.
Cuando finalmente respondió, no dijo nada, dejando que el silencio se prolongara.
La voz brusca al otro lado de la línea lo atravesó como un cuchillo. «¿Qué te pasa? Llevo llamando sin parar. ¿Estás intentando enfadarme?».
Neal se volvió hacia la ventana. El tenue reflejo de su silueta en el cristal estaba distorsionado y solitario, como una sombra sin forma. El tono del hombre se volvió más duro, distorsionado aún más por el ruido estático del teléfono. «Transfiere cincuenta mil ahora mismo. Los necesito y no voy a esperar».
Neal cerró los ojos y sintió un nudo en el pecho.
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