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Capítulo 448:
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No tenía apetito, ni ganas de moverse y, desde luego, tampoco energía para buscar medicinas. Yacía allí, clavado a la cama, sin ganas de moverse. La sed le atormentaba, pero solo cuando se volvió insoportable alcanzó el agua que tenía a su lado y tomó unos sorbos. Esa había sido su rutina durante los últimos días: silencio, soledad y el suave murmullo de sus pensamientos.
Su teléfono se había quedado sin batería hacía tiempo. No tenía fuerzas para cargarlo, así que el mundo exterior parecía haberlo olvidado. Cristian encontraba extrañamente reconfortante la paz de aquella soledad.
En ese momento, pensó que, si las cosas seguían así, quizá no sería tan malo. Pero entonces sonó el timbre.
Solo Bobby y Fernanda conocían la dirección de su apartamento en Esaham. Sin pensarlo, abrió los ojos de golpe y pulsó el botón junto a la cama, haciendo que la imagen de la entrada apareciera en la pantalla.
Era Fernanda.
De algún modo, encontró la fuerza para arrastrarse fuera de la cama, con el cuerpo pesado por el cansancio, y se dirigió hacia la puerta.
Verla le alivió en cierto modo. Aunque sabía que probablemente le regañaría, le acusaría, su presencia le reconfortaba de una forma que no podía explicar.
Mientras ella permanecía allí, su figura se difuminaba ante su mirada cansada, ya fuera por el agotamiento o por los efectos de la medicación, y él cerró lentamente los ojos, rindiéndose al sueño.
Y entonces soñó.
Soñó con una gran mansión, donde los pasillos resonaban con risas y el tintineo de las copas. La gente que había dentro vestía ropas elegantes, se comportaba con arrogancia y compartía un rasgo común: el desdén. Le señalaban, le lanzaban insultos como si fueran piedras, le llamaban maldito y le culpaban de la muerte de su madre.
La burla y el odio en sus ojos eran insoportables.
Eran su propia carne y sangre: su abuelo, sus tíos, sus primos, todos mirándolo con desprecio.
Incluso su padre, el hombre que debería haberlo comprendido mejor, lo odiaba. Intentó esconderse, callado y retraído, una mera sombra en los relucientes pasillos de la mansión. Pero en lo más profundo de su ser, algo más fuerte latía: la negativa a aceptar los ataques contra él. Cuando empujaban, él empujaba.
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Al final, no pudieron soportar más su rebeldía. Lo expulsaron, lejos de la opulencia de sus vidas, a un remoto pueblo de montaña. Le dieron una cabaña, una jaula dorada, no un hogar.
Una noche, huyó de la cabaña. Creía que la vida no tenía sentido. En el río, intentó ahogarse. Pero alguien lo sacó.
Era una joven con unos ojos que brillaban más que cualquier estrella en el cielo nocturno. Lo miró con intensidad, con voz aguda. «¡Eres tan joven! ¿Por qué quieres tirar tu vida así? ¿Sabes lo mucho que he tenido que luchar para conservar la mía? ¿Y aquí estás, dispuesto a renunciar a todo?».
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