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Capítulo 342:
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La cicatriz era de un color púrpura intenso, ligeramente hinchada y salpicada de numerosas contusiones de color rojo oscuro que le daban un aspecto siniestro.
Fernanda se estremeció interiormente, imaginando el intenso dolor que debía de haberle causado el golpe.
Héctor, que no estaba acostumbrado a la violencia física, sin duda encontró la experiencia insoportable.
Cuando el frío del ungüento entró en contacto con su piel, el cuerpo de Héctor se estremeció ligeramente y sus músculos se tensaron en un escalofrío reflejo.
—Ector, sé que te duele —susurró Fernanda con voz suave, en la que se mezclaban la preocupación y la ternura—. Intenta aguantar un poco más.
Ector apretó la mandíbula, esforzándose por mantener un tono sereno. —No me duele —insistió con voz tensa, pero firme—. Es solo el frío del ungüento lo que me hace temblar, nada más.
Fernanda, reconociendo su intento por aliviar su preocupación, suavizó su actitud y continuó aplicando el ungüento con delicadeza.
Tras una pausa, Ector rompió el silencio de nuevo. —Fernanda, por favor, no le guardes rencor a papá. Hoy estaba abrumado y dijo cosas que no sentía de verdad.
La respuesta de Fernanda fue tajante, teñida de amargura.
«¿Y tú crees que todavía merece ser llamado padre?».
La pregunta dejó a Héctor momentáneamente sin palabras.
A juzgar por el trato que Robert le había dado a Fernanda ese día, estaba claro que no.
Cuando la empresa había atravesado dificultades, había convocado a Fernanda para que cargara injustamente con la culpa, sin mostrar ninguna preocupación por su estado o por si había sentido miedo o ansiedad mientras desentrañaba las intrigas de Rafael.
A pesar de su hábil manejo de la crisis, Robert no había reconocido su inteligencia ni su valentía; en cambio, la había hecho responsable de los problemas de la empresa.
Ector, sintiendo una profunda injusticia en su nombre, logró volverse hacia Fernanda a pesar del dolor en la espalda, con expresión seria. «Fernanda, no te preocupes por esto. Yo me encargaré de todo».
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Fernanda era consciente de que Ector, como director general, supervisaba la mayor parte de las operaciones de la empresa Voligny, y preveía que este asunto en particular podría resultarle difícil.
—Puedo ayudar —sugirió ella con delicadeza—. Podría ir a buscar…
—No hace falta pedir ayuda a nadie más. Yo me encargo —la interrumpió Ector con firmeza.
«¿No confías en mí? ¿Dudas de mis capacidades?».
«No», respondió Fernanda, sacudiendo suavemente la cabeza.
Su preocupación no era su competencia; simplemente no quería que se agotara.
En su familia, a menudo pasaba por alto las emociones de los demás, pero siempre daba prioridad a las de Héctor.
Al fin y al cabo, él era quien siempre le había mostrado su amabilidad.
—Desde que estoy al mando, no he tenido que enfrentarme a ningún obstáculo importante —admitió Ector con una sonrisa en el rostro—. Perfecto, esta es mi oportunidad de ganar experiencia. ¡No me la quites!».
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