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Capítulo 13:
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En aquel domingo perezoso, Fernanda no se había levantado temprano. Se quedó en la reconfortante comodidad de su cama hasta casi el mediodía, antes de bajar finalmente a almorzar.
En el comedor, su familia ya se había reunido.
Erika, poniendo los ojos en blanco de forma dramática y con una sonrisa burlona en los labios, se burló: «¿En serio, Fernanda? ¿Dormir hasta el mediodía? ¿No te da vergüenza?Desde que su astuto plan contra Fernanda había fracasado, Erika había evitado las confrontaciones directas, pero su resentimiento aún flotaba en el aire, algo de lo que Fernanda era muy consciente. Aun así, Fernanda no se inmutó. Dejaba que Erika se consumiera en su propio rencor; eso solo la amargaría a ella, no a Fernanda.
—Anoche me quedé leyendo hasta tarde, por eso me he levantado tan tarde —respondió Fernanda mientras se sentaba junto a Robert—. Además, ¿no es esta noche la reunión de la familia Harper? Nunca los he conocido, así que quiero estar descansada para causar la mejor impresión posible.
Robert le dio un gesto de ánimo con la cabeza. —Por supuesto.
Fuera de esas paredes, Fernanda llevaba el apellido Morgan, símbolo de elegancia y encanto. ¿Quién no querría que su representante encarnara esas cualidades?
—¿Leyendo, en serio? —se burló Erika, sin poder ocultar su incredulidad—. ¿Y crees que eso te va a meter en la Universidad Esaham? ¡No me hagas reír!
Antes de que Fernanda pudiera responder, Robert intervino con voz firme: —¡Erika! Ya basta. En lugar de menospreciar a tu hermana, deberías apoyarla. Tu negatividad no es bienvenida aquí.
La irritación de Erika era evidente mientras clavaba el tenedor en la comida, entrecerrando los ojos con silencioso desprecio.
Dudaba que Fernanda fuera admitida en la Universidad de Esaham. Después de buscar en Internet cualquier justificación para permitir que Fernanda se presentara al examen y no encontrar ninguna, las sospechas de Erika no hicieron más que aumentar. La única explicación que se le ocurría era algún tipo de engaño.
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Como resultado, Erika estaba decidida a desmontar la fachada y revelar la verdadera naturaleza de Fernanda.
Al principio, Erika había creído que la llegada de Fernanda tendría poco efecto en la dinámica del hogar, pensando que solo supondría preparar una comida extra. Sin embargo, pronto quedó claro que Fernanda estaba invadiendo algo más que el espacio físico: estaba amenazando la preciada posición de Erika como hija querida. Decidida a defender su lugar, Erika se armó de valor contra esta supuesta paleta.
«Fernanda, no te agotes estudiando para el examen», le aconsejó Robert con tono suave, con evidente preocupación. «Es importante que también te cuides».
—Entendido —respondió Fernanda secamente.
—Y recuerda, si necesitas cualquier recurso o ayuda para prepararte, no dudes en pedirlo —continuó Robert, intensificando la mirada mientras se asomaba por encima de sus elegantes gafas—. Siéntete como en tu casa. No hace falta que te levantes temprano, solo descansa.
Robert estaba ahora totalmente concentrado en Fernanda, viendo su posible admisión en la universidad como una forma de elevar el estatus social de la familia. Su éxito no solo le llenaría de orgullo paternal, sino que también le proporcionaría una ventaja estratégica a la hora de negociar condiciones más favorables con la prestigiosa familia Harper.
Dada la precaria situación financiera de su empresa, Robert consideraba a Fernanda un activo inestimable, una fuente potencial de nuevas inversiones, tecnologías avanzadas y capital muy necesario. A sus ojos, Fernanda era un tesoro por descubrir.
Esa tarde, Michelle se encargó de entregarle un regalo a Fernanda: un vestido inmaculado envuelto en una elegante caja.
«Fernanda, esto ha sido elegido especialmente para ti. Espero que te guste», dijo mientras le entregaba el regalo.
Dentro había un vestido blanco, adornado con intrincados bordados de gardenias. Su elegancia discreta encajaba perfectamente con la naturaleza serena y tranquila de Fernanda.
Mientras tanto, acechando detrás de Michelle, Erika esbozaba una sonrisa secreta. Se había enterado por Bobby de que a la cena de la familia Harper de esa noche asistirían numerosas familias distinguidas y sus hijas.
El vestido que Michelle había elegido, aunque encantador, pertenecía a una temporada pasada. En una reunión llena de entusiastas de la moda, el vestido convertiría a Fernanda en el objeto de todas las burlas. Erika se deleitaba imaginando a Fernanda como blanco de susurros y comentarios sarcásticos, y su satisfacción aumentaba por momentos.
—Es precioso —dijo Fernanda, en tono casual—. Me lo pondré.
La sensación de triunfo de Erika no hizo más que intensificarse. Era evidente que Fernanda no entendía nada de moda. Su apreciación se limitaba al encanto estético del vestido, sin tener en cuenta su lugar en las tendencias actuales. Qué lamentable.
Aunque el vestido era de un diseñador de renombre, Erika se lo había regalado a Fernanda simplemente porque ya no le gustaba. Al fin y al cabo, ¿qué otra razón podía haber para que una chica de campo como Fernanda, con unos orígenes tan humildes, tuviera un vestido tan lujoso?
Al darse cuenta de la mirada expectante de Michelle, Erika se adelantó con voz melosa. «Fernanda, he visto que no has traído mucho maquillaje. ¿Me dejas maquillarte esta tarde?».
Fernanda arqueó una ceja, sorprendida por el repentino cambio de actitud de Erika.
«He estado un poco impulsiva estos últimos días, diciendo cosas que no debería haber dicho», dijo Erika con tono apologético. «Sé que he herido tus sentimientos. Déjame compensarte ayudándote a prepararte para esta noche».
Sin perder el ritmo, Michelle intervino: «Qué maravilla. Fernanda ya es guapa, pero con tu ayuda estará aún más radiante. Ve a ayudarla a prepararse».
Fernanda miró a la madre y a la hija con recelo. Sabía que, si algo parecía demasiado bueno para ser verdad, normalmente era porque no lo era.
Sin embargo, su respuesta no reveló nada. Con una leve sonrisa, murmuró: «Claro».
Se puso el vestido que Michelle había elegido. Erika peinó a Fernanda con ondas sueltas y le aplicó un maquillaje atrevido. Luego la adornó con un elaborado conjunto de joyas de perlas.
La combinación del voluminoso vestido, el cabello suelto y el maquillaje dramático hacía que Fernanda pareciera algo recargada y exagerada. Los brillantes accesorios de perlas solo acentuaban el efecto, convirtiendo a Fernanda en una heredera extravagante.
Erika evaluó su trabajo en el espejo y asintió con aprobación. —¡Mírate, Fernanda! Estás absolutamente deslumbrante. Este estilo realmente resalta tus mejores rasgos.
Suponiendo que el rostro desnudo de Fernanda se debía a la falta de experiencia en cosmética, Erika se había encargado de darle una lección mediante la aplicación.
Fernanda ladeó ligeramente la cabeza, con una suave sonrisa en los labios. —Está precioso. Gracias.
Apenas conteniendo la diversión, Erika miró la hora y anunció: —Ya deberíamos irnos. Vamos a casa de los Harper.
Fernanda se levantó con elegancia y siguió a Erika por las escaleras. En cuanto Amber vio a Fernanda, sus labios temblaron con emoción contenida.
Erika había ocultado con maestría la elegancia natural de Fernanda, disimulándola tras la apariencia llamativa de una arribista desesperada.
Amber esperaba con impaciencia la reacción de los invitados a la reunión de la familia Harper. Fernanda seguro que llamaría la atención, pero solo como objeto de burla y humillación.
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