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Capítulo 110:
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Después de terminar la escuela primaria, decidió no continuar con su educación formal. Las enseñanzas del Sr. Bernard eran muy superiores a las que podía ofrecer la escuela local.
A menudo elogiaba a Fernanda por su agudo intelecto y la proclamaba la alumna más brillante que había tenido jamás, superando incluso al niño en brillantez.
Fernanda rara vez se encontraba con el niño durante sus visitas a la villa. El Sr. Bernard mencionó que pasaba la mayor parte de los días recluido en su habitación.
En las raras ocasiones en que lo veía, su largo flequillo le ocultaba los ojos y desprendía un aura de profunda melancolía.
A lo largo de siete años, las visitas de Fernanda a la villa se convirtieron en una parte fundamental de su vida. Durante todos esos años, nunca se revelaron sus nombres reales.
El señor Bernard siempre llamaba al niño «joven amo».
Fernanda rara vez le oía decir más de unas pocas frases.
Pasaba la mayor parte del tiempo estudiando, mientras el señor Bernard le transmitía todos sus conocimientos. El niño seguía siendo una presencia silenciosa, apenas perceptible.
Una vez, Fernanda expresó su preocupación por quedarse más tiempo del debido. El señor Bernard la tranquilizó y la animó a concentrarse en sus estudios.
Le dijo que enseñar a una alumna tan inteligente como ella le proporcionaba una gran alegría.
Este acuerdo se mantuvo hasta que Fernanda cumplió catorce años. El día de su cumpleaños, llevó emocionada una tarta a la villa con la esperanza de compartirla con sus dos habitantes. Sin embargo, se pasó todo el día esperando fuera, sin que nadie le abriera la puerta.
Esa noche comenzó a llover torrencialmente y Hiram la acompañó a casa. Poco después, Fernanda enfermó y la lluvia persistió durante varios días.
Cuando finalmente regresó a la villa, la encontró en ruinas. El lugar que había sido su segundo hogar durante siete años se había reducido a nada más que un recuerdo.
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Si no hubiera sido por la riqueza de conocimientos grabados en su mente y las habilidades que tenía a su alcance, Fernanda habría dudado de que esos años hubieran existido.
Hiram especuló que tal vez el Sr. Bernard y el niño tenían sus propias razones para marcharse. La vida era un tapiz tejido con encuentros y despedidas.
Su breve y misteriosa presencia y su repentina partida no eran más que hilos en el intrincado patrón de la existencia. Un año después, las autoridades recuperaron el terreno, lo que llevó a Fernanda y Hiram a trasladarse a la bulliciosa ciudad.
Armada con las enseñanzas del Sr. Bernard, Fernanda encontró rápidamente un trabajo y utilizó sus ingresos para mantener a Hiram y garantizar su comodidad en los años venideros.
A pesar del paso del tiempo, Fernanda nunca volvió a cruzarse con el Sr. Bernard ni con el niño.
Hoy, mientras ordenaba sus pertenencias, descubrió los libros, los bolígrafos y un cuaderno de dibujo, regalos del Sr. Bernard. Estos recuerdos reavivaron su gratitud hacia el mentor que había influido profundamente en su vida.
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