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Capítulo 106:
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Selma y Michelle se volvieron hacia él, su discusión silenciada momentáneamente por su brusca intervención.
«¿Qué sentido tiene discutir? Si ella no quiere escuchar, déjalo estar», dijo Kevin. «¿Por qué insistir en algo que claramente no quiere oír, para luego culparla por reaccionar?».
«¿Qué te pasa hoy?», preguntó Selma frunciendo el ceño y mirándolo desconcertada. «¿Ahora la estás defendiendo? ¿Crees que hice mal en regañarla? ¡Ya has visto cómo le ha contestado a tu padre!».
—No la estoy defendiendo —respondió Kevin, con voz tan tranquila como indiferente—. Solo digo lo que pienso. Si alguien me estuviera regañando por cosas que no me importan, yo también perdería los estribos.
Sin decir nada más, Kevin echó la silla hacia atrás y se levantó. —He terminado. Puedes terminar sin mí.
Se alejó de la mesa y desapareció escaleras arriba.
«¿Qué le pasa hoy?», murmuró Selma, mirando con ira la espalda de Kevin. «¡Debe de estar influenciado por Fernanda! Ya lo he dicho antes: esa chica no es buena. ¡Kevin lleva apenas unos días en casa y ya le ha contagiado!».
Las palabras de Selma no hicieron más que avivar su creciente aversión por Fernanda, a quien culpaba directamente del comportamiento de Kevin.
Robert, ya molesto por la rebeldía de Fernanda, perdió la paciencia.
Las quejas incesantes de Selma le ponían de los nervios.
Con un bufido irritado, dejó el tenedor sobre la mesa y se marchó sin decir nada.
La comida terminó en un silencio incómodo.
Arriba, Kevin se detuvo frente a la puerta de Fernanda. Dudó si llamar.
Se preguntaba qué rango tenía ella en el juego.
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La noche anterior la había pasado pensando en su estrategia. ¿Cómo podía alguien tan irritante ser tan preciso, tan indudablemente hábil? No tenía sentido.
Fernanda era, sin duda, un prodigio de los videojuegos.
Kevin siempre había sido transparente con sus sentimientos. Se sentía atraído por aquellos a quienes respetaba y se distanciaba de aquellos a quienes no. Fernanda, con su actitud irritante y su talento incomparable, lo dejaba frustrado y dividido.
Tras una larga batalla consigo mismo, el orgullo acabó ganando. Bajó la mano y la cerró en un puño.
No se atrevía a hablar con ella. Ni ahora ni nunca.
Al fin y al cabo, ella no era la única jugadora habilidosa que había. El mundo de los videojuegos estaba lleno de expertos. Podía recurrir a ellos fácilmente para pedirles consejo.
Sin embargo, el jugador que más admiraba llevaba días sin conectarse, dejándolo sin orientación.
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