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Capítulo 105:
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Después de lo que pareció una eternidad de monólogo de Robert, concluyó con aire de firmeza. «Fernanda, eres muy inteligente. Estoy seguro de que, si te esfuerzas, acabarán apreciándote».
El rostro de Fernanda se endureció. Su voz, aguda e inflexible, cortó el aire.
La voz de Fernanda resonó en la habitación. «¿Por qué debería importarme si les gusto?».
La expresión de Robert vaciló y su voz adquirió un tono defensivo. «Porque van a ser tu familia. Mantener buenas relaciones con tus futuros suegros es fundamental. ¡Así es como se obtienen más beneficios!».
—¿En serio? —La risa de Fernanda fue amarga y hueca—. ¿Ventajas para quién, exactamente? ¿Para mí o para ti?
La pregunta cayó como un trueno. El rostro de Robert se ensombreció y sus rasgos se endurecieron en una máscara de disgusto. —¿Qué estás insinuando?
Fernanda puso los ojos en blanco con evidente desdén, sabiendo que él no era más que un hipócrita.
—Tú… —comenzó Robert de nuevo, con voz tensa.
—No hace falta que digas más —lo interrumpió Fernanda—. Yo me ocuparé de mis asuntos. No vuelvas a sacar el tema. No necesito tus instrucciones. Estoy harta de escuchar cosas así.
Con eso, se levantó de la silla y se dirigió a grandes zancadas hacia la escalera.
El fuerte golpe de un tenedor contra la mesa rompió el tenso silencio. Selma, con el rostro desencajado por la furia, gritó: «¡Detente ahí mismo!».
Fernanda ni siquiera se detuvo.
«¿Cómo puedes hablarle así a tu padre?», exclamó Selma con voz aguda y áspera. «Tu padre lo hace por tu propio bien. ¿Acaso crees que a alguien más le importan tus problemas insignificantes?».
Los valores tradicionales de Selma no dejaban lugar a tal rebeldía. El respeto a los mayores era primordial, y la flagrante falta de consideración de Fernanda era una afrenta imperdonable.
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A mitad de las escaleras, Fernanda se detuvo y se volvió, mirando a Selma con indiferencia gélida. «Vieja entrometida», espetó con voz venenosa.
Luego desapareció en su habitación, cerrando la puerta con un portazo que sonó como una sentencia definitiva.
El rostro de Selma se sonrojó de rabia y su cuerpo temblaba de indignación. Con su hija, su yerno y sus nietos presentes, las palabras de Fernanda eran un insulto público que le dolía profundamente.
Furiosa, Selma se arremangó, dispuesta a enfrentarse a Fernanda. Pero Michelle se apresuró a acercarse a ella, tratando de apagar las llamas de su ira con su voz tranquilizadora.
El comedor estalló en una cacofonía de palabras acaloradas y murmullos pacificadores, una sinfonía caótica que ponía de los nervios a todos.
Kevin, perdiendo la paciencia, tiró el tenedor al plato. Reclinándose en la silla, apoyó un pie en el borde de la mesa y dijo con voz arrastrada: «¿No estáis cansados de discutir? ¿No podemos comer en paz?».
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