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Capítulo 102:
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En cuanto pronunció esas palabras, la sonrisa burlona de Wendy se hizo más profunda y su desdén más agudo que antes.
Una ola de inquietud invadió a Bobby.
—Hacía tiempo que no veía a Wendy —intervino Fernanda, en tono ligero—. Así que pensamos en ponernos al día dando un paseo. ¿Y tú qué haces aquí?
¿Un paseo?
Bobby bajó la mirada hacia la muleta de Fernanda, con la mente a mil por hora.
¿Hablaba en serio de dar un paseo en su estado?
—Yo, eh… —tartamudeó Bobby, incapaz de admitir que había venido a buscar a Wendy. Sobre todo cuando estaba claro que Wendy no tenía ningún interés en hablar con él. Si insistía, solo conseguiría avergonzarse aún más, y herir su orgullo.
Bobby temía que, si seguía insistiendo, el ángel pudiera perder todo el respeto que le tenía.
Atrapado en el silencio, Bobby buscó las palabras adecuadas, lo que hizo que el momento fuera aún más incómodo.
Fernanda, sintiendo su incomodidad, decidió relajar la situación. Sonrió con complicidad. —Íbamos a ir al centro comercial de enfrente a comprar algunas cosas. Empieza pronto el nuevo curso y necesitamos material.
Bobby aprovechó la oportunidad, ansioso por cambiar de tema. —¡Yo voy con vosotras! Os puedo ayudar a llevar las bolsas. No deberíais esforzaros.
Wendy puso los ojos en blanco, perdiendo la paciencia. —Ya no me apetece ir de compras —dijo con tono seco—. Estoy cansada. Prefiero volver a casa y dormir. Dejémoslo para otro día.
Su estado de ánimo, ya arruinado por la presencia de Bobby, solo le dejaba un deseo: escapar de él por completo, a un lugar donde nunca pudiera encontrarla.
Con eso, Wendy se dirigió a la acera para llamar a un taxi.
Bobby corrió tras ella, solo para encontrarse con una mirada fulminante de Wendy. —El taxi es demasiado lento. Déjame llevarte —insistió, agarrándola con fuerza del brazo—. Vamos, te prometo que será más rápido.
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«¡Suéltame!», gruñó Wendy, forcejeando para liberarse, pero Bobby no aflojó el agarre.
Su frustración estalló y levantó el pie, propinándole una fuerte patada en la espinilla, pero ni siquiera eso consiguió que él la soltara.
Lo que había comenzado como un simple agarre se intensificó; Bobby movió el brazo y la rodeó por completo con los hombros, sujetándola con un agarre férreo.
«¡Suéltame!
¡Suéltame!». Wendy se debatió contra su agarre, con movimientos salvajes y desesperados, pero la disparidad de fuerzas era innegable: por mucho que luchara, no podía liberarse.
Aunque Wendy era fuerte, la altura y el alcance de Bobby le daban ventaja, y sus largos brazos la inmovilizaban con una facilidad exasperante.
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