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Capítulo 990:
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El estudio era grande, tranquilo y estaba poco concurrido. Algunas personas pintaban, mientras que otras observaban con curiosidad. No era raro que exposiciones como esta incluyeran espacios donde los visitantes pudieran probar suerte con el arte.
Fernanda encontró un puesto y extendió una hoja de papel, sujetando con cuidado los bordes. Seleccionó un pincel, lo mojó en la pintura y comenzó.
Empezó con varios arces en primer plano, con las ramas decoradas con racimos de hojas vívidas y coloridas. Un camino serpenteante se extendía en la distancia, conduciendo a una pintoresca cabaña escondida entre los árboles, envuelta en una niebla arremolinada.
Al fondo, las montañas se elevaban majestuosamente, con sus cimas envueltas en niebla. Las capas de las montañas se desvanecían gradualmente en la distancia, creando una sensación de profundidad y grandeza.
A pesar de la vitalidad del tema, Fernanda decidió mantener la pintura en monocromo. La ausencia de color confería a la obra un carácter onírico y etéreo, como si se tratara de un recuerdo fugaz capturado en el papel.
Mientras pintaba, se sumergió por completo en su trabajo, ajena a todo lo que la rodeaba hasta que terminó la obra.
Cuando finalmente dio un paso atrás, se dio cuenta de que ya no estaba sola. Se había reunido una multitud, con expresiones que mezclaban asombro, admiración e incredulidad.
La observaban en completo silencio, esperando el detalle final: su firma.
El estudio, aunque abarrotado, estaba tan silencioso que incluso el más mínimo ruido habría resonado. Por la elegancia de sus pinceladas y la atmósfera del cuadro, muchos ya habían adivinado quién era, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
Nadie quería perturbar la magia del momento.
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Con manos firmes, Fernanda mojó el pincel una vez más y, en la esquina inferior derecha del cuadro, dibujó una sola rosa. El símbolo era inconfundible, pero enigmático, y encarnaba el espíritu de su obra.
Un ruido repentino rompió el silencio: un teléfono había caído al suelo cerca de sus pies.
Fernanda se agachó para recogerlo y se lo devolvió a su dueño.
Pero este no lo cogió. Cuando levantó la vista, se encontró cara a cara con el mismo joven que se había enfrentado a ella antes.
Tenía los ojos muy abiertos y fijos en ella, y los labios le temblaban como si le costara articular palabra. Por fin, logró balbuear: «Tú… tú eres Rose».
El hombre acababa de salir del baño y estaba echando un vistazo cuando vio a Fernanda pintando.
Sonrió con desdén, dudando del talento artístico de una mujer tan joven. Entonces decidió acercarse y quizá ofrecerle algún consejo condescendiente.
Cuando se acercó, Fernanda estaba terminando un cuadro de dos arces.
Pudo evaluar su habilidad por la ejecución matizada de los árboles. Con solo unas pinceladas, se dio cuenta de que Fernanda tenía un talento genuino.
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