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Capítulo 954:
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—Sr. Morgan, solo quedaban ocho minutos —le recordó Cristian, con voz firme y controlada—. Fernanda tenía razón. Montar un escándalo ahora no cambiará nada.
Selma se abalanzó hacia delante, agitando los brazos, desbordada por la frustración. Su voz atravesó la tensión, aguda y cruda. Miró los cristales rotos y dejó escapar un grito de exasperación. «¿No pueden hablarlo? ¿Qué es toda esta locura?».
Quería arremeter contra Fernanda, pero la presencia de Cristian la oprimía, ahogando las palabras antes de que pudieran salir de su boca. En cambio, dio un codazo a Héctor, esperando que él le ofreciera alguna explicación sobre lo que estaba pasando. Pero él solo bajó la cabeza, sin decir nada.
Erika fue la primera en romper el silencio. Aferrándose con fuerza a Michelle, dejó escapar un grito desesperado. —¡Mamá, ha dicho que tenemos que irnos! ¡No quiero irme! ¡Este es mi hogar! ¡No voy a ir a ningún sitio! —Su cuerpo temblaba y sus labios se estremecían al asimilar la realidad de lo que estaba pasando.
Y en ese momento, finalmente vio a Fernanda tal y como era en realidad: completamente despiadada y decidida a desmantelar su familia, pieza por pieza.
—¿Mudarnos? ¿De qué estás hablando? —Selma frunció el ceño, confundida—. ¿Por qué tenemos que mudarnos? ¿Qué está pasando?
—Esto no te incumbe —la interrumpió Fernanda, con tono seco y despectivo—. Cállate cuando no se te necesita.
Nadie te ha pedido tu opinión».
Los ojos de Selma brillaron con ira y apretó los puños, pero antes de que pudiera reaccionar, Ector la agarró del brazo y la sujetó.
«Abuela», suspiró, frotándose las sienes como si todo aquello lo hubiera dejado exhausto. «Ve a hacer las maletas».
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Erika contuvo el aliento. «Ector, ¿has perdido la cabeza?», chilló. El pánico la invadió como un maremoto.
«Nos iremos enseguida». La voz de Ector era firme, pero el ligero movimiento de su garganta delataba su tensión. Miró a Fernanda, con expresión indescifrable. «Solo danos un poco más de tiempo».
Ector siempre había sido el racional. Sabía que no había lugar para regatear.
Fernanda no había venido a discutir, había venido a poner fin a las cosas.
Luchar solo empeoraría las cosas. Marcharse por su propio pie, con la dignidad que les quedaba, era lo único que podían controlar.
Ector subió las escaleras a grandes zancadas, seguido de cerca por Michelle, que arrastraba a una renuente Erika.
Selma salió de su aturdimiento y se apresuró a recoger sus objetos de valor; no se quedaría sin nada.
Robert, sin embargo, permaneció paralizado. Su mirada se clavó en Fernanda, con los ojos desorbitados por la furia, como un león enjaulado listo para saltar.
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