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Capítulo 924:
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Su risa brotó, ligera y espontánea, mientras estudiaba la expresión de Fernanda.
Fernanda dudó, pero finalmente admitió: «No voy a mentir, eso es lo que pensé al principio».
Judie soltó una risita, aunque sin rastro de irritación u ofensa. Fernanda añadió: «Pero luego me di cuenta de que no eres hipócrita. No recurres al engaño ni a los trucos».
Judie asintió con la cabeza, con los ojos iluminados por la aprobación. —Exacto. La verdadera fuerza reside en la honestidad y la franqueza, no en las intrigas ni en la manipulación.
Fernanda se encontró a sí misma asintiendo con todo su corazón.
Judie contuvo un bostezo, empezando a mostrar signos de cansancio, y miró el reloj. —Creo que es hora de que descanse. Dormir bien por la noche es esencial para mantener el aspecto. Tú también deberías acostarte temprano», dijo, levantándose del sofá. Miró pensativa a Fernanda. «Me aseguraré de que el desayuno esté listo a tiempo mañana. Estás muy delgada, me preocupa que te saltes las comidas».
Fernanda asintió suavemente.
En ese momento, con su comportamiento sereno y la mirada baja, Fernanda parecía una joven dulce como cualquier otra. Era casi imposible relacionarla con la presencia firme e inquebrantable que la mayoría de la gente conocía.
El amor, reflexionó Judie, tenía un poder extraordinario para transformar a las personas. Suavizaba los ángulos y convertía a los individuos en alguien completamente nuevo, tal y como había hecho con su sobrino y Fernanda. Pero el amor también podía desatar el caos y arrastrar a las personas al borde de la locura, como Judie había experimentado en primera persona.
Judie exhaló, con un sonido suave y pensativo, mientras se agachaba para recoger una revista de la mesa de centro. Dirigiéndose hacia las escaleras, lanzó una sonrisa por encima del hombro. —Y, por cierto, un poco de peso extra te vendría muy bien. En esta familia, creemos que te queda muy bien.
Los labios de Fernanda se curvaron en una suave sonrisa. «Vale».
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Judie volvió a bostezar, con un ligero rastro de diversión en su expresión, justo cuando Cristian y Bobby bajaban las escaleras. Bobby se dirigió a la cocina para tomar algo, mientras Cristian se quedaba cerca de la escalera, levantando una mano en un saludo informal hacia Fernanda.
Las luces del salón proyectaban un resplandor brillante que llegaba incluso a las escaleras. Cristian se quedó en los escalones, donde la luz se mezclaba con las sombras, con una mano metida en el bolsillo y la otra extendida hacia Fernanda. Su postura era erguida y serena, y desprendía una tranquila confianza.
Cuando Fernanda se acercó, Cristian le tomó suavemente la muñeca y la guió por las escaleras. Subieron hasta el tercer piso, donde Cristian abrió la puerta de una habitación.
La suite era amplia y tenía un diseño sobrio y minimalista. Las paredes y los muebles en tonos fríos daban al espacio un aire moderno y sobrio, pero la suave luz amarilla de las lámparas de pared añadía una calidez acogedora que equilibraba la estética general.
Fernanda contempló el espacio y preguntó con curiosidad: «¿Es esta la habitación de invitados?».
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