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Capítulo 842:
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¿O simplemente Cristian la había olvidado, considerando su presencia en su vida como nada más que otro encuentro fugaz, indistinguible de cualquier otro?
Este pensamiento provocó una tristeza repentina e inexplicable en Fernanda, despertando una profunda incomodidad en su interior. Sentía como si algo muy valioso para ella fuera considerado insignificante por otra persona.
Mientras reflexionaba, Cristian levantó tiernamente la mano, la posó sobre la cabeza de ella y le acarició suavemente.
Fernanda levantó los ojos para mirarlo, sin decir nada.
Él tenía el rostro serio, y todo su comportamiento denotaba una gravedad inusual. Sus labios estaban apretados, lo que transmitía una sensación de orgullo y distanciamiento, pero sus ojos revelaban una certeza firme e inquebrantable.
«No estaba seguro de si debía decírtelo», dijo. «Tenía miedo».
Era la primera vez que admitía sus miedos.
A pesar de haber sido ignorado desde su nacimiento y de haber soportado burlas e insultos durante toda su infancia, el miedo nunca lo había invadido. Ni siquiera cuando sus actos de venganza le acarrearon más reproches y castigos, ni cuando se vio abandonado a su suerte en un lugar desconocido, ni cuando se lanzó al frío río en una noche de verano, sintiendo cómo el frío lo invadía, había sentido miedo.
Pero volver a enfrentarse a Fernanda lo llenó de miedo.
—En realidad, no quería que supieras que era la misma persona de entonces —dijo Cristian con voz ronca—. Temía que te asustaras, que te diera asco y que huyeras de mí.
Era consciente de que su yo pasado, solitario y taciturno, podía parecer extraño a los demás, y temía que eso pudiera aterrorizar a Fernanda.
Ella era solo una niña entonces; quizá le había causado una mala impresión.
Ahora, sin embargo, había salido de esas sombras, ansioso por presentarse de nuevo, por conocerla y por tener una relación con ella.
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Mientras Cristian miraba a Fernanda, recordó su historia compartida. Solía aislarse en su habitación oscura en el segundo piso de la lúgubre villa, mirando de vez en cuando a través de las cortinas para observar a la niña alegre y optimista que estaba en el jardín, leyendo y aprendiendo a pintar con Lennon.
Anhelaba la vida y la alegría que ella encarnaba. Su admiración por ella no era pasajera; se sentía continuamente atraído por su vibrante presencia. Aunque carecía de riqueza, la dedicación y el espíritu trabajador de Fernanda le valían constantemente los elogios de Lennon.
Esta primera impresión moldeó la visión que Cristian tenía de lo que debía ser la vida.
Eligió una vida llena de esperanza y ambición, afrontando siempre los retos y las dificultades sin vacilar. Vivía con autenticidad, riendo libremente cuando estaba alegre y llorando cuando estaba triste, evitando siempre la falsedad y la hipocresía.
Para Cristian, la joven Fernanda contrastaba con su propia existencia sombría, resaltando no solo su oscuridad, sino también la duplicidad y el desprecio que encontraba en los demás.
En su remota aldea, el espíritu vibrante de Fernanda comenzó a derretir las barreras de hielo que rodeaban el corazón de Cristian, sembrando una semilla de luz en su interior. Con el tiempo, esta semilla de esperanza echó raíces y floreció, rompiendo su exterior, antes frío.
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