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Capítulo 819:
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Rafael se quedó desconcertado. «Eh… perdona por mi pregunta tonta». Al darse cuenta de su actitud dura, Fernanda supo que se había pasado de la raya. No era de las que se comportaban de forma irracional. Aunque estuviera de mal humor, no estaba bien desquiarse con gente inocente.
«Lo siento», murmuró Fernanda, despidiéndolo con un gesto de la mano. «Hoy no es mi día».
Rafael la observó atentamente. —Pareces muy agotada.
No podía dejar de pensar en sus encuentros anteriores. Fernanda siempre había parecido controlada e imperturbable, sin importar las circunstancias. Sin embargo, hoy su angustia era evidente.
La viveza de sus recuerdos de Fernanda sorprendió a Rafael. Se sentía casi abrumado por lo claramente que recordaba cada detalle sobre ella.
—No es nada importante —dijo Fernanda, masajeándose las sienes. Su irritación era evidente y no estaba de humor para conversar.
Además, ella y Rafael rara vez habían interactuado de manera significativa antes. Su repentino acercamiento ahora la hacía desconfiar de sus motivos. Estaba demasiado preocupada para entablar conversación con él.
—¿Quieres algo? —preguntó Fernanda con frialdad.
Rafael dudó un momento antes de responder: «No, solo quería saludarte cuando te vi aquí».
Fernanda soltó una risa seca que tomó a Rafael por sorpresa.
¿Podría confesarle que su hermana le había sugerido que la cortejara? Eso era imposible.
De pie junto a ella, Rafael sentía que Fernanda tenía una presencia formidable. Su aire autoritario era innegable.
Siempre había creído que su hermana era la persona más imponente que conocía, pero allí estaba él, dándose cuenta de que Fernanda era igual que ella, ¡y mucho más joven!
Rafael no podía evitar sentir que Fernanda no era solo una compañera más joven, sino alguien tan autoritaria como su hermana, que le inspiraba un respeto y un temor naturales.
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Tras una pausa incómoda, Rafael carraspeó. —Admito que antes fui un tonto. No tengo excusas, metí la pata. Además, Ava ya no está en mi vida. Sé que antes te causé problemas por su culpa y lo lamento profundamente. Prometo no repetir mis errores. Espero que puedas perdonarme.
Era raro que Rafael se disculpara con tanta sinceridad, su voz se suavizó y sus mejillas se sonrojaron por la vergüenza.
Su voz se volvió más suave y sus mejillas se sonrojaron. Al cabo de un rato, al ver que Fernanda no respondía, levantó la vista y la vio perdida en sus pensamientos. Murmuró: «Fernanda…».
Fernanda salió de su ensimismamiento. «¿Hmm? Oh, ¿ya es la hora?». Echó un vistazo al reloj y vio que pronto tendría que embarcar en su vuelo.
«Bueno, debería irme», dijo, levantándose de su asiento.
Rafael se quedó allí sentado, atónito. Sus sinceras palabras parecían haberse desvanecido en el aire…
Exhaló profundamente, dándose cuenta por primera vez de que sus palabras habían caído en saco roto.
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