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Capítulo 671:
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Neal, que parecía especialmente agotado, asistió a clase. Se dejó caer sobre su pupitre con un golpe seco y su mochila se abrió ligeramente, sucumbiendo al cansancio.
«Pareces agotado, ¿te has quedado toda la noche viendo vídeos en streaming?», le preguntó Fernanda con voz preocupada.
Neal dejó escapar un gemido de cansancio desde debajo del brazo, con la tela amortiguando sus palabras. «Anoche no vi vídeos en streaming. Acepté un trabajo para jugar a videojuegos. No esperaba que durara todo el día y toda la noche».
«¿Por qué te matas así?». Fernanda insistió, frunciendo el ceño con preocupación.
Neal se movió ligeramente y murmuró entre bostezos: «No quería trabajar tanto, pero la paga era demasiado buena como para dejarla pasar». Bostezó de nuevo y su voz se apagó somnolienta. «Ahora voy a dormir un poco. Mañana tengo entrenamiento».
Estaba decidido a no dejar que sus problemas personales interfirieran en la próxima competición.
La expresión de Fernanda se volvió más preocupada y se le formó un pliegue entre las cejas.
Podía ver que Neal se estaba llevando al límite por dinero. ¿Era su situación realmente tan grave?
Después de clase, Neal se desplomó cansado en su escritorio mientras Fernanda se quedaba allí, acercándose a él con un tono suave y empático. —Neal, si tienes algún problema, dímelo. Al fin y al cabo, somos amigos.
Neal esbozó una débil sonrisa y se pasó los dedos por el pelo revuelto. —Estoy bien, de verdad. Pero gracias, si surge algo, te tendré en cuenta. Ya sabes, con tus recursos, serías la primera persona a la que acudiría.
Sus palabras eran ligeras, pero en el fondo estaba agobiado por la preocupación.
Su padre se había acercado a él de nuevo para pedirle dinero.
Neal no podía soportar revelar la avaricia de su padre a sus amigos. Era una carga que tenía que soportar solo.
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Las exigencias de su padre eran ilimitadas, devoraban cada dólar que ganaba sin mostrar ni una pizca de satisfacción. Neal estaba decidido a mantener en secreto la avaricia de su padre, no quería que nadie lo descubriera.
Después de clase, se dirigió hacia las residencias. Agobiado por el cansancio, no tenía fuerzas para volver a su casa.
Fernanda caminaba a su lado, con los dedos bailando sobre el teclado de su teléfono. De repente, levantó la vista. —Me acaban de enviar un mensaje los organizadores. Para la final, los jugadores pueden invitar a sus familiares a ver el partido en directo. ¿Hay alguien a quien te gustaría traer?
—¡No! —respondió Neal de inmediato, con voz decidida.
La confusión se reflejó en el rostro de Fernanda ante su respuesta tan brusca. Neal se dio cuenta de que su reacción había sido demasiado brusca, se rascó la nariz con torpeza y se apresuró a explicar: —Mis padres están muy ocupados; probablemente lo verán por streaming. Quizás les pregunte si quieren venir para un evento más importante.
Fernanda asintió con la cabeza, aceptando su explicación. «Es comprensible».
Con eso, Neal aceleró el paso, casi saliendo corriendo del edificio. Fernanda no parecía darse cuenta de su confusión interna.
Para Neal, sus padres eran una pesadilla recurrente, una agonía profundamente arraigada que no se atrevía a mencionar ante los demás, un tema que evitaba a toda costa.
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