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Capítulo 605:
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Fernanda se volvió y miró a Robert con calma, pero sin pestañear. —¿Y qué vas a hacerme?
—¡Tú… tú estás yendo demasiado lejos! —Robert se abalanzó sobre ella con la mano levantada, listo para golpearla—. ¡Te voy a dar una lección!
Antes, en casa de los Harper, ella había bajado la guardia, lo que le había dado ventaja. Pero ahora Fernanda estaba preparada. Le agarró la muñeca en el aire con un agarre firme e inflexible.
—¿Quieres pegarme otra vez? ¡Ni lo sueñes! —Arqueó una ceja y esbozó una leve sonrisa—. ¿Te crees digno de ser mi padre? ¿Acaso mereces mi respeto?
Las preguntas directas no hicieron más que avivar la ira de Robert.
Su rostro se contorsionó de rabia y sus ojos se hincharon como si fueran a salirse de sus órbitas. La refinada fachada que solía mostrar se resquebrajó, dejando al descubierto su egoísmo, su codicia y su hipocresía.
—¡Te lo merezcas o no, sigo siendo tu padre! —gruñó entre dientes—. Si hubiera sabido que ibas a salir así, nunca te habría traído a este mundo. O mejor aún, debería haber acabado contigo cuando naciste, ¡enviarte a reunirte con tu maldita madre en la tumba!
La expresión de Fernanda se endureció al instante.
Apretó la mandíbula y sus rasgos se afilaron con una determinación gélida.
Entrecerró los ojos y en ellos brilló un destello de acero frío.
Un silencio opresivo envolvió la villa tras el arrebato de Robert.
Fernanda seguía agarrándole la muñeca con tanta fuerza que él era incapaz de moverse. La mera fuerza de su presencia disipó el calor de su ira y lo dejó tambaleante.
Sin decir una palabra, soltó su brazo. Su mano se disparó hacia arriba, conectando con su barbilla en un movimiento rápido y decisivo.
El impacto fue atronador. Robert se tambaleó, perdiendo el equilibrio y cayendo hacia atrás. Su cuerpo golpeó el suelo pulido con un ruido sordo, deslizándose una corta distancia antes de detenerse.
—Puedes insultarme, y lo consideraré como nada más que el ladrido de un perro, no digno de mi tiempo. —La voz de Fernanda era afilada como una navaja, cada palabra cortaba con precisión—. —Pero tú no tienes derecho a insultar a mi madre. Si no hubiera conocido a alguien como tú, ¿crees que su vida habría sido tan corta? No olvides lo pobre que eras antes. Sin los recursos y las conexiones de mi madre, ¿quién se habría molestado en conocerte?
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Por primera vez desde que regresó a la familia Morgan, Fernanda dijo lo que pensaba sin reprimirse. Sus palabras fueron implacables y derribaron a Robert con la cruda verdad.
Robert yacía en el suelo, humillado y sin palabras. Se acunó la barbilla dolorida, con la cabeza dando vueltas por el golpe. Su visión se nubló, dividiendo a Fernanda en dos figuras fantasmales.
El alboroto en la sala había llamado la atención de todos.
La voz estridente de Selma rompió la tensión. —¡Esto es indignante! ¡Cómo te atreves a desafiar a tu padre!
Fernanda ni siquiera miró en su dirección.
Sin decir una palabra, se dio la vuelta y subió las escaleras sin prisa. Si alguien más quería provocarla esa noche, ella estaba preparada.
Nadie se molestó en llamar a la puerta de Fernanda.
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