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Capítulo 566:
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En ese instante, el corazón de Fernanda se aceleró inesperadamente. Al principio latía suavemente, pero pronto se aceleró, corriendo como si fuera a saltar de su pecho. Sus ojos se encontraron con los de Cristian y sintió el calor de su mirada, una intensidad que parecía un abrazo protector, como si pudiera protegerla de cualquier tormenta o lucha.
Durante un largo momento, Fernanda se quedó sin palabras. Se dio cuenta de que cualquier palabra que pudiera decir sería insuficiente para expresar la profundidad de lo que él acababa de compartir. Los recuerdos de su tiempo juntos inundaron su mente, cada momento vívido con la amabilidad que Cristian le había mostrado desde su primer encuentro. Él había prestado atención a sus gustos y aversiones, la había protegido de los chismes maliciosos, había celebrado su cumpleaños con esmero e incluso le había ofrecido su compañía cuando ella expresó su interés en iniciar su propio negocio.
Con cada gesto, la había envuelto en calidez y afecto, reavivando poco a poco el fuego de un corazón que una vez se había sentido frío y vacío. Cristian le había dicho que le gustaba, pero cuando ella no respondió, esperó pacientemente, a su lado, ofreciéndole consuelo y apoyo sin pedir nada a cambio. Su gentileza la abrumaba, como si hubiera volcado toda su pasión y paciencia solo en ella.
Fernanda se preguntaba por qué era tan amable con ella. ¿De verdad le importaba tanto?
Mientras miraba la caja de galletas que tenía en las manos, su corazón se llenó de calor, sintiéndose tan dulce y reconfortante como las propias galletas. Su consideración nunca dejaba de sorprenderla, cada gesto le llegaba silenciosamente al corazón, dejándola atónita y profundamente conmovida.
Fernanda se dio cuenta de algo: tal vez era hora de ofrecerle algo más, algo significativo a cambio. Su mirada se posó en Cristian, se mordió ligeramente el labio y, con sinceridad, le preguntó: «¿De verdad te gusto?».
«Sí». Sin dudarlo un segundo, él asintió con la cabeza, con una respuesta sencilla y segura.
«Tu regalo me ha hecho muy feliz». La voz de Fernanda se suavizó al hablar, y sus palabras transmitían una sinceridad tranquila. «Así que creo que es justo que te dé algo a cambio».
«Vale, tengo curiosidad. ¿Qué es?», preguntó él, esbozando una suave sonrisa mientras sus ojos se iluminaban.
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Fernanda se mordió el labio, como si estuviera tomando una decisión en ese mismo instante. Con la mayor seriedad, respondió: «¿Quieres que sea tu novia?».
En ese instante, Cristian sintió que el mundo a su alrededor se desvanecía en un silencio casi tangible, dejando solo la cadencia suave y melodiosa de su voz resonando en su mente.
La noche se cernía inmóvil sobre ellos, los sonidos de los fuegos artificiales ya se habían desvanecido, dejando un vacío silencioso. Incluso sus respiraciones parecían desaparecer en la quietud, apenas audibles.
Cristian se inclinó ligeramente. Sus manos se posaron suavemente sobre los hombros de Fernanda, anclándolos a ambos en ese momento. Su mirada, intensa y firme, se clavó en la de ella, como profundidades oscuras que la atraían, como si sus ojos fueran un vacío infinito.
«¿Qué has dicho?», preguntó en un susurro apenas audible. Su tono era tierno, como si temiera que su voz pudiera romper el momento.
«¿Podrías repetirlo?».
Algo en su expresión cautelosa y sincera tranquilizó a Fernanda. Su voz se estabilizó mientras respondía: «¿Quieres que sea tu novia?».
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