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Capítulo 1010:
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«Cristian, dime dónde te duele». La voz de Haley temblaba de preocupación. Se inclinó sobre él, con las manos temblorosas, sin saber dónde tocar. Las lágrimas brotaron de sus ojos.
Cristian no podía responder. El sudor le corría por las sienes y se acumulaba en el suelo.
Curran se quedó rígido, conmocionado por lo que acababa de pasar. No podía articular palabra.
Afortunadamente, la mansión de la familia Reed estaba cerca del centro de la ciudad y la ambulancia llegó rápidamente. Los paramédicos subieron a Cristian a una camilla y lo llevaron rápidamente al hospital.
Martin y Fernanda lo acompañaron en la ambulancia, mientras Bobby conducía detrás con Haley y Judie.
Dentro de la ambulancia, Cristian yacía inmóvil mientras los paramédicos le colocaban una máscara de oxígeno sobre la cara. Su conciencia se tambaleaba. Las peores lesiones solían ser las que no se veían. No había sangre. No había heridas. Solo un dolor insoportable, que no daba pistas sobre su gravedad.
El paramédico escuchó el relato de Fernanda y su rostro se ensombreció. «Podría ser una fractura de columna. No lo sabremos con certeza hasta que le hagamos pruebas, pero deben prepararse para complicaciones graves».
Martin se volvió hacia él. «¿Cómo de grave puede ser?».
La voz del paramédico era firme, casi distante. «Si el daño es grave, podría perder la movilidad. Deben estar preparados para esa posibilidad».
A Fernanda se le encogió el corazón al oír esas palabras. Miró a Cristian, cuyo rostro estaba ahora pálido y vulnerable.
El hombre que ella conocía siempre tenía el control, cada uno de sus movimientos era fluido. La idea de que perdiera esa parte de sí mismo le resultaba imposible de asimilar.
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Martin le puso una mano en el hombro. «Es fuerte. Lo superará».
Ni siquiera él parecía convencido.
Fernanda se encontró en trance, incapaz de responder a lo que la rodeaba. Tenía las manos y los pies entumecidos, las extremidades pesadas, como si hubiera caído con él. No recordaba haber salido de la ambulancia, subir las escaleras ni sentarse en la sala de espera. Lo único en lo que podía concentrarse era en el letrero rojo brillante sobre las puertas del quirófano. El resplandor le quemaba los ojos, pero se negaba a apartar la mirada.
El tiempo se alargaba interminablemente. Finalmente, Judie y los demás llegaron, seguidos inesperadamente por Marc y Nolan. A Fernanda no le importaba por qué habían venido, si era por preocupación o por morbo. Su mirada permanecía fija en las puertas, atrapada entre la esperanza y el miedo. Temía lo que pudieran decir los médicos.
La tensión en el pasillo era sofocante. Martin repetía en voz baja las palabras del paramédico a Judie. Su cuerpo se balanceaba, su equilibrio era inestable.
Nolan, que lo oyó, soltó de repente una risa aguda. Empezó como una risita, pero se hizo más fuerte, más incontrolable, hasta que resonó en todo el pasillo.
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