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Capítulo 844:
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A la mañana siguiente, una cruda luz gris se colaba a través de las persianas del hospital y, con ella, la realidad de la limpieza. El mundo no se detuvo simplemente porque el imperio Sterling casi se hubiera reducido a cenizas.
Damon estaba despierto cuando ella regresó de ver cómo estaba Annie. Estaba sentado, haciendo muecas mientras intentaba ajustarse las almohadas con un solo brazo.
—Deja de moverte —le regañó ella, acercándose rápidamente a su lado—. Vas a romperte los puntos.
—Estoy bien —refunfuñó él, aunque la palidez de su piel lo delataba—. Necesito mi móvil. Silas me lo está reteniendo.
«Porque se supone que debes descansar, no dirigir un conglomerado». En su lugar, le tendió una taza con trocitos de hielo. «Come. Nada de trabajo».
Él miró los trocitos de hielo como si fueran una oferta hostil de adquisición. «Julian. ¿Ha firmado la confesión?».
«El fiscal del distrito está con él ahora mismo», dijo ella, sentándose en el borde de la cama. « Wayne se convirtió en testigo de la acusación de inmediato. Les contó todo: el centro médico ilegal en el establo, el secuestro, la coacción. Julian está acabado, Damon. Esta vez no hay salida para él».
Damon no parecía aliviado. Parecía estar calculando. «Julian es una cucaracha. Sobrevive. Quiero que se congelen sus activos. Quiero que se disuelva el fideicomiso. Quiero que muera sabiendo que no posee nada».
«Ya está en marcha», le aseguró ella. «He llamado a la junta esta mañana. Saben lo del secuestro. Van a convocar una votación de emergencia para despojarlo de las acciones que le quedan».
Damon la miró, entrecerrando ligeramente los ojos. «¿Has llamado a la junta?»
«Sí». Enderezó la espalda. «Soy la madre del heredero y la mujer que salvó la mansión de una bomba. Aceptaron mi llamada».
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Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Extendió la mano buena y le recorrió la línea de la mandíbula con los dedos.
«Recuérdame que nunca me lleve la contraria, Vesper».
«Puedes llevarme la contraria», susurró ella, inclinándose hacia su caricia. «Pero no me dejes».
«Nunca», prometió él. La intensidad de su mirada se sentía como un peso físico. «Voy a dejar de usar el bastón, Vesper. La cojera… era psicológica. Un recordatorio del dolor. Pero el dolor se ha ido. Tú lo has sustituido».
Era una pequeña mentira —sabía que a él todavía le dolía la pierna bajo la lluvia—, pero era una mentira preciosa. Una declaración de curación.
Una enfermera asomó la cabeza por la puerta, con aspecto ligeramente aterrorizado. «¿Señor Sterling? El comisario de policía está aquí para verle».
La expresión de Damon cambió al instante: pasó de ser un amante tierno a un director ejecutivo implacable.
«Que pase. Y dile que traiga un taquígrafo. Quiero que todo quede constancia».
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