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Capítulo 700:
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El restaurante estaba vacío. Damon había reservado todo el local —Le Bernardin—, sin ningún otro comensal, iluminado únicamente a la luz de las velas. El vino ya estaba servido. La comida permanecía prácticamente intacta.
Vesper estaba sentada frente a él, con una mano apoyada cerca de su bolso, donde la esperaba una pistola eléctrica.
«¿Por qué dejaste el ring?», preguntó Damon. No estaba comiendo. Se limitaba a observarla.
«Porque era una cadena», dijo Vesper.
«Era una promesa», replicó Damon.
«¿Una promesa de qué? ¿De vigilarme? ¿De drogarme?» Dio un sorbo de vino. «Tú no querías una compañera, Damon. Querías una mascota».
«¡Quería mantenerte a salvo!», exclamó Damon dando un puñetazo en la mesa. Los cubiertos tintinearon. «Roman Roth mató a nuestro hijo. Me aterrorizaba que viniera a por ti a continuación».
«Así que te convertiste en él», dijo Vesper en voz baja. «Te convertiste en el monstruo para luchar contra el monstruo».
Damon se desplomó en su silla. «Sí».
«Y por eso no podemos funcionar juntos», dijo Vesper. «Porque siempre justificarás la jaula mientras el pájaro siga vivo dentro de ella».
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«Puedo cambiar», dijo Damon. «Estos dos años sin ti… han sido un infierno. El silencio. La sobrecarga sensorial. Nada lo detiene». Hizo una pausa. «Solo tú».
Se inclinó sobre la mesa y le tomó la mano.
Vesper no se apartó. Su piel estaba cálida. El zumbido constante de ansiedad que había habitado en su cabeza durante dos años —sordo, implacable, nunca del todo silencioso— se acalló.
Eran imanes. Imanes rotos y dentados que solo encajaban entre sí.
«Te he echado de menos», susurró Vesper. La verdad se le escapó antes de que pudiera retenerla.
Los ojos de Damon se iluminaron. «Vesper…»
Se puso de pie, la levantó con él y la besó.
No se parecía en nada a los besos que recordaba del ático. Este era crudo y desesperado: dos años de privación que culminaban en un único momento devorador. Vesper le devolvió el beso. Enroscó los brazos alrededor de su cuello y, durante un breve instante de ingravidez, se olvidó de Xavier. Se olvidó de Annie. Se olvidó de todo aquello en lo que había basado su supervivencia.
Entonces, el móvil de Damon vibró.
Lo ignoró.
Vibró de nuevo. Y otra vez.
Se apartó, sin aliento, y echó un vistazo a la pantalla.
SE HA DETECTADO UNA INTRUSIÓN. UBICACIÓN: SUIZA.
Damon frunció el ceño. «¿Suiza?»
Vesper se quedó helada. «¿Qué?»
«Alguien está activando las alarmas en un chalet de Zúrich», dijo Damon, mientras sus ojos recorrían la notificación. «Estaba rastreando a Xavier Cross. Esa es una propiedad a su nombre». Levantó la vista hacia ella. «¿Por qué te importa la propiedad de Xavier?»
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