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Capítulo 245:
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La pantalla se iluminó con una notificación.
Recordatorio: Cumpleaños de mi madre. Hay que comprar un regalo hoy. Prioritario.
Vesper se quedó mirando la notificación. Su madre. Eleanor Sterling. La mujer que aterrorizaba a medio Nueva York.
A Vesper se le ocurrió una idea. Damon estaba hasta arriba de trabajo. Se había olvidado de la corbata, se había olvidado del iPad. Desde luego, no tenía tiempo para ir de compras.
Si ella se encargaba de esto por él… si compraba el regalo perfecto y se lo traía… quizá eso serviría para acortar distancias. Quizá eso le demostraría que ella era una compañera, no una carga.
Desbloqueó el iPad —él le había dado el código hacía meses—. Consultó su agenda. Estaba libre entre las 3:00 y las 4:00.
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«Lo haré», susurró.
Entró en el estudio privado de Damon para buscar papel y bolígrafo con los que pensar en ideas para el regalo. La habitación olía a cedro y a papel viejo. Era su santuario.
Se sentó ante el enorme escritorio. Abrió el cajón superior en busca de un bloc de notas. No había ningún bloc de notas. Solo expedientes.
Abrió el segundo cajón.
Escondida bajo una pila de informes financieros había una pesada carpeta de cuero negro. No era un expediente de trabajo. Parecía algo personal. La curiosidad, esa cosa tan peligrosa, se apoderó de ella. Levantó la carpeta. Pesaba mucho. Desató el cordón y la abrió.
Se le cortó la respiración.
No eran documentos.
Eran fotografías. Docenas de ellas.
Fotografías de alta resolución, tomadas con teleobjetivo, de ella misma.
Vesper tomando café en una cafetería. Vesper paseando a Bond por el parque. Vesper durmiendo en el asiento del copiloto del coche. Vesper riéndose de algo que había dicho Harper.
No eran selfies. Eran fotos de vigilancia. Le temblaban las manos. Las hojeó. Algunas eran recientes, tomadas la semana pasada.
«¿Por qué?», susurró a la habitación vacía.
Sabía que él la tenía vigilada. Lo aceptaba. Pero estas no eran registros de seguridad. Estaban impresas en papel fotográfico de alta calidad. Las guardaba en su escritorio privado, como una colección.
Le parecía… clínico. Obsesivo.
Una mezcla de alivio y confusión la invadió. Estaba obsesionado con ella. Eso estaba claro. Pero la forma en que catalogaba su existencia… resultaba inquietante.
Cerró la carpeta, apretándola contra su pecho por un momento. «Si me vigila tan de cerca», susurró, «¿por qué me está alejando?».
Dejó la carpeta en su sitio, exactamente como la había encontrado.
La determinación se afianzó en su mirada. Compraría el regalo. Compraría el regalo más exquisito y de mejor gusto posible. Y se lo entregaría ella misma en su despacho. Necesitaba verlo. Necesitaba comprender al hombre que coleccionaba fotos de ella pero que no la tocaba.
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