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Capítulo 240:
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Julian Sterling estaba sentado en la litera metálica de una celda del Centro Federal de Detención. El mono naranja le arañaba la piel, un recordatorio constante de su caída. El aire olía a lejía y a desesperación.
Un guardia dio unos golpecitos en los barrotes. «Visita. Sala de confidencialidad entre abogado y cliente».
Julian se levantó, con las piernas temblorosas. Lo condujeron por un pasillo de un blanco inmaculado hasta una pequeña sala insonorizada.
Serena Sharp estaba sentada a la mesa. No llevaba esposas… todavía. Había llegado a un acuerdo, o al menos lo estaba intentando.
—No deberías estar aquí —siseó Julian, sentándose—. Si nos ven juntos…
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—De todas formas, lo saben todo —susurró Serena, con los ojos enrojecidos—. Le dije a mi abogado que me habían coaccionado. Es la única forma de evitar la cárcel.
Julian se rió, con un sonido seco y entrecortado. «La lealtad ha muerto, por lo que veo».
Se inclinó hacia ella. «Pero no importa. Me queda una carta».
Metió la mano en el calcetín. Sacó un trozo de papel diminuto y doblado. Contenía un número. Se lo había conseguido de su compañero de celda a cambio de su reloj.
—Necesito que hagas una llamada —susurró Julian—. Usa un móvil desechable. Paga en criptomonedas.
Serena se echó hacia atrás. —¿Qué es esto?
—Una limpieza —dijo Julian, con los ojos desorbitados—. Vesper. Ella ha sido la responsable. Ella le dio los archivos. Tiene que morir.
Serena lo miró fijamente. —¿Quieres matarla? Julian, eso es… eso es asesinato.
«¡Es justicia!», exclamó Julian dando un puñetazo en la mesa, lo que hizo que Serena diera un respingo. «No parará hasta que nos haya destruido. Si ella desaparece, Damon se derrumbará. La empresa caerá. Podremos recuperarla».
Serena miró el papel. Estaba aterrorizada, pero también desesperada. Si Vesper desaparecía, tal vez las pruebas también desaparecerían. Tal vez Damon estaría demasiado destrozado para seguir adelante con los cargos.
«Yo… no sé cómo», balbuceó.
«Solo llama al número», ordenó Julian. «Di el nombre. Transfiere los fondos desde la cuenta en el extranjero a la que te di acceso. Hazlo, Serena. O los dos moriremos entre rejas».
Serena cogió el papel. Le temblaba la mano.
«La mitad ahora, la otra mitad cuando esté hecho», le indicó Julian.
El guardia llamó a la puerta. «Se acabó el tiempo».
Julian se puso de pie. Miró a Serena con una intensidad aterradora.
«Sálvanos», susurró.
Serena asintió lentamente. Se guardó el papel en el sujetador y salió, dejando a Julian solo en su caja de hormigón a la espera de la noticia de la muerte de su exmujer.
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