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Capítulo 99:
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La gala se sumió en el caos. Los invitados pedían que les trajeran los coches, ansiosos por escapar del escándalo pero deseosos de cotillear sobre él.
Vesper se escabulló por la salida de la cocina. Se adentró en el callejón trasero de la finca.
Estaba oscuro. El aire olía a lluvia y tierra húmeda.
Los tres actores estaban allí esperando, acurrucados bajo un toldo cerca de los contenedores de basura.
Vesper se acercó a ellos rápidamente. No abrió su pequeño bolso de mano —era demasiado pequeño para sobres—. En su lugar, metió la mano en el hueco de una maceta decorativa de piedra cerca de la salida, donde había escondido el pago antes.
Sacó una bolsita pequeña y pesada.
«La llave de la taquilla de Grand Central», le susurró a la joven. «Caja 402. El dinero está dentro».
—Gracias, señora —dijo la actriz secándose las lágrimas falsas—. Ha sido divertido.
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—Vete. Antes de que la policía peine la zona —ordenó Vesper.
Se alejaron apresuradamente hacia la oscuridad.
Vesper respiró hondo, apoyándose contra la pared de ladrillo. La adrenalina se estaba desvaneciendo, dejándole las piernas temblorosas.
Una limusina negra avanzaba lentamente por el callejón. Se la bloqueaba un camión de reparto que daba marcha atrás.
Vesper se quedó paralizada.
Era el coche de Roman.
Dentro, a la luz de las tenues luces interiores, Cecilia tenía la frente apoyada contra la fría ventanilla.
Miró hacia fuera.
Vio a Vesper de pie en el callejón. Vio a los actores huyendo. Vio a Vesper sacudiéndose el polvo de las manos.
Sus miradas se cruzaron a través del cristal tintado.
A Vesper se le paró el corazón. La habían pillado.
La expresión de Cecilia cambió. Confusión. Luego, comprensión.
No parecía enfadada.
Parecía… aliviada.
Asintió levemente, de forma casi imperceptible.
Roman gritaba por el teléfono al otro lado del coche, completamente ajeno a la silenciosa comunicación de su mujer.
El camión se movió. La limusina se alejó.
Vesper soltó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
Cecilia lo sabía. Y no se lo había dicho a Roman.
Eso significaba que Vesper tenía una aliada. O, al menos, a alguien que odiaba a Roman lo suficiente como para agradecer el sabotaje.
Vesper miró su móvil. No había ningún Uber disponible. El recargo por demanda era una locura debido a la salida masiva de la gala.
Empezó a caminar hacia la carretera principal, con los tacones hundiéndose en el asfalto mojado. Estaba varada.
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